Al maestro con cariño: Recuerdos de Enrique Buenaventura en el XII aniversario de su partida

Por Claudio Barbas. Era la mañana del 31 de Diciembre del 2003 y el pueblo colombiano una vez más derramaba lágrimas de pena y tristeza. Pero esta vez no era por la explosión de un carro-bomba o por el secuestro de personas…

Por Claudio Barbas (desde Santiago de Chile)

Era la mañana del 31 de Diciembre del 2003 y el pueblo colombiano una vez más derramaba lágrimas de pena y tristeza. Pero esta vez no era por la explosión de un carro-bomba o por el secuestro de personas. Tampoco por la matanza de miles de inocentes en algún poblado campesino. Esta vez las lágrimas eran por la muerte del gran maestro del teatro colombiano Enrique Buenaventura. Sí, esa mañana en Cali, su ciudad natal, dejaba esta tierra a la edad de 78 años el dramaturgo, director, actor, ensayista, narrador, poeta y pintor, luego de estar internado en el hospital en cuidados intensivos por más de dos meses producto de una apendicitis que se convirtió luego en peritonitis.

Conocí al «maestro», como todos le decían con cariño y respeto, el año 1999 cuando me dirigí a la ciudad de Cali, junto a mi compañía “Teatro Pequeño Clan”, a participar del Festival Internacional de Arte que se desarrollaba en dicha ciudad. Dentro de ese marco el intercambio entre los artistas participantes era en presentaciones, conferencias, palestras, charlas, reuniones y fiestas, aparte de los desayunos, almuerzos y cenas que se prolongaban en largas conversaciones. Así, recuerdo que tímidamente nos acercamos a la sede del Teatro Experimental de Cali (TEC) a presenciar una de sus obras y luego participamos activamente en el foro que se realizaba una vez terminada la obra junto al maestro. Nosotros algo habíamos leído en alguna revista de teatro latinoamericano, pero la verdad es que no conocíamos casi nada de su historia y menos de sus obras. Es sabido por todos que las escuelas de teatro de Chile, incluso las con más prestigio, dan casi nula importancia al teatro latinoamericano.

La empatía que hubo entre el maestro y nosotros fue inmediata, pues él tenía un cariño especial por Chile y por los chilenos. Él contaba que en el TEC siempre ha habido chilenos. Ya en la década del 70 Andrés del Bosque estuvo siete años en el grupo. Más tarde llegaría a trabajar en la parte técnica Carlos Baeza; y más cercano a nuestros días Danytza Tapia.

Así él nos abrió las puertas de su teatro generosamente a mí y a mi compañera Claudia Urrutia cuando decidimos dejar Chile en el año 2001 y seguir nuestra aventura teatral en Colombia. Siendo parte del TEC pude conocerlo mejor y absorber un poco de su sabiduría, de su ingenioso humor y de sus miles y miles de historias que contaba una y otra vez con una gracia única, peculiar y contagiosa.

A decir verdad, la vida del maestro fue siempre explosiva, desde su nacimiento, el año 1925, cuando su madre Julia Ema Alder corrió embarazada convertida en una antorcha humana al estallar la fábrica de pintura que tenían en el sótano de la casa. Una vez que apagaron el fuego que cubría a la casa, sacaron a doña Julia y nació el maestro, de seis meses y medio. Era tan pequeño que cabía en el bolsillo del abrigo de su tío Manuel María, contaba su hermano mayor Nicolás. Varios pechos alimentaron al pequeño Enrique pues las lesiones que tenía su madre eran delicadas. Así su abuela Ernestina y luego su tía solterona Betulia se encargaron de criar al niño, y luego buscarle las madres de leche, pues en ese tiempo no existían las mamaderas.

Desde pequeño el maestro mostró grandes dotes de actor. A los 6 años de edad y vestido completamente de cura, realizaba una misa perfecta. Sus tías invitaban a las vecinas y todas comulgaban creyendo que la hostia estaba consagrada. Ese catolicismo ferviente se encontró con el protestantismo fanático de su padre. Todo eso le dio bases al proceso artístico que seguirá después, ya que en sus montajes siempre predominó la simbiosis religiosa y mística que vivió.

Su abuela le enseño a recitar y a hacer teatro. Su hermana mayor Luz contaba que aprendió tan bien las lecciones de su abuela que cuando lo retaban él respondía en verso y dejaba a todos callados. Así su familia vivía en pura risa y en puro chiste y todo gracias al pequeño Enrique. El maestro era un imitador innato. Convencía a sus tías de desvestir a un santo para aperar a sus amigos actores con el vestuario necesario. De su padre Cornelio aprendió el oficio de la mentira y la fábula, cosa que entrenaba en el “Recreo de la Casa”, como llamaban a las tertulias familiares.

La química y las matemáticas casi le impiden graduarse del colegio Santa Librada, pero su trabajo cultural lo salvó. Por entonces ya hacía clases de literatura en un colegio privado y realizó un escrito que enfureció a su padre: en vez de escribir Mi amigo el oficio escribió Mi amigo el ocio, pues para él, el ocio era un espacio que le permitía pensar y empezar a meterse en las historias que luego pondría en escena.

Su primer contacto con las artes de la representación fue cuando se enroló en el «Circo de Andrés Crovo» y su «Teatro Carpa». Ahí él aprendió el oficio de payaso y recorrió el país. También conoció al fallecido actor Luis Chiape, con el cual transitó por el mundo mágico de la radio.

En la década del 40 parte a Bogotá a estudiar arquitectura en la Universidad Nacional, pero finalmente decidió matricularse en filosofía y pintura. Luego, en la década del 50, realiza un viaje por el Chocó y comenzó a escribir desaforadamente.

Al volver a Cali trabajó en el Diario del Pacífico. Por esa época llegó a Cali la compañía de teatro del argentino Francisco Petrone y Buenaventura se sintió deslumbrado por la puesta en escena de la obra La muerte de un vendedor viajante (Arthur Miller), y dejó su trabajo para enrolarse en la compañía gaucha. Así fue que partió a Argentina donde trabajó activamente como actor y realizó giras por toda Latinoamérica. En esta época aprovechó de visitar Chile en muchas ocasiones.

En la sede del TEC -que ahora sin duda será monumento nacional del teatro colombiano- al mediodía él siempre se reunía con sus actores a almorzar, al estilo de los verdaderos grupos tradicionales. En esas amenas charlas, que acontecían después de almuerzo, él me contaba de su paso por Chile, de la buena amistad que tuvo con Pablo Neruda (incluso imitaba su voz lánguida al recitar) y con Pablo de Rocka, de las clases de danzas folklóricas colombianas que dictó en la Universidad de Chile y de los buenos recuerdos que tenía de su gran amigo Patricio Bunster, destacado bailarín, coreográfo y actor de cine, tambien, fallecido.

Al disolverse la compañía de Petrone -en una gira por Venezuela- Buenaventura decide lanzarse en una aventura importantísima en su vida, la de marinero por el caribe. Así hizo y comenzó la labor de recopilar historias de mar. En esos avatares terminó trabajando en el barco de un contrabandista. Él decía con ironía “nunca aprendí, me hubiera gustado pues eso da más plata que el teatro.”

Luego se quedó un tiempo en Brasil, asumió el teatro en serio y a la par fue ayudante de cocina, pintor de paredes, ilustrador de revistas y escritor de cuentos. Conoció las obras de Bertold Brecht y ya nunca más pudo separarse de él. Su curiosidad lo llevó a investigar en la santería y a consagrarse a Oshún.

Ya de vuelta en Cali, en 1955 funda la Escuela Departamental de Teatro de Cali en Bellas Artes. Un año después, en París, obtuvo su mayor éxito con la puesta en escena de su adaptación del cuento de Tomás Carrasquilla A la diestra de Dios padre, su clásico más importante.

Su labor en Bellas Artes duró hasta el año 1967, cuando las autoridades de entonces decidieron separarlo de la institución por el montaje que Santiago García hizo de la obra del maestro La Trampa, en donde criticaba al dictador Ubico de Guatemala, cosa que en Colombia se creyó que era una directa alusión a sus Fuerzas Armadas.

Así el maestro se independizó y cambio el nombre del grupo Teatro Escuela de Cali por el de Teatro Experimental de Cali (TEC) y encontró una vieja casona en el centro de Cali la cual, después de ser reparada, se convirtió en la sede actual del grupo.

En 1971 vuelve a Francia, esta vez a Nancy con las obras Soldados y El Fantoche Lusitano. El nombre de Buenaventura empezó a ser citado por los teatristas de todo el mundo por esa manera de montar llamada “creación colectiva”, en la que la obra nacía de las improvisaciones en escena. Vicky Hernández, Helios y Aída Fernández, Jorge Herrera, Yolanda García, Humberto Arango y Fanny Mickey fueron algunos de sus alumnos y miembros de su grupo.

En los últimos tiempos, sin dejar de escribir y de la mano de Jacqueline Vidal, una francesa de la que se enamoró perdidamente, y con la que tuvo a Nicolás (el hijo cuentero), el siempre coqueto Enrique capoteó la constante crisis económica de su grupo y los achaques de su salud. Y éste, precisamente, tiempo fue el que nos tocó conocer de cerca con Claudia en nuestra estadía en el TEC.

A pesar de no haber estado en la época de apogeo en las décadas del 60 y 70, aprendimos como un teatro puede sobrevivir a pesar de tener un estado económico precario; pues, ello nunca fue un obstáculo para dar a los integrantes del grupo desayuno y almuerzo en cada jornada de trabajo. Comenzábamos diariamente a las 8:30 con un entrenamiento físico y vocal. A las 10:00 pasábamos a desayunar todo el grupo, y luego continuábamos con ensayos de obras a remontar o a estrenar según la ocasión.

Bajo su tutela participamos activamente del remontaje de la obra El Lunar en la frente basado en acontecimientos de piratas del caribe, y estrenamos la pieza infantil Barba Azul, una adaptación realizada por el maestro del cuento de Charles Perrault.

A las 14:00 pasábamos a almorzar, para dejar la tarde a labores técnicas, preparación de escenas y/o estudios personales de música, danza u otro. Recuerdo, a nivel de anécdota, que en esas tardes la mayoría nos juntábamos en el tercer piso del teatro, y aprovechando la gran cantidad de instrumentos (marimba, batería, guitarra, flautas, clarinete) comenzábamos a improvisar.

Como el nivel musical era disparejo (algunos músicos profesionales y otros apenas daban sus primeros pasos), a veces parecía que cada uno estuviera tocando una pieza diferente, y por eso es que bautizamos a esta agrupación, de modo irónico, “Los enemigos del tímpano”. El maestro nos dejaba, pues él decía que nunca pudo acercarse a la música. Contaba que sus hermanos le decían, cuando comenzaba a entonar una canción, “no cantes hermano, no cantes”.

Por otro lado creo que con el maestro aprendimos en terreno el teatro de Brecht. Yo nunca lo entendí bien cuando lo pasamos teóricamente en la escuela de teatro. Ahora, al remontar obras como Crónicas (basado en el tema de los 500 años del descubrimiento de América), El Guinaru (fábulas de la costa pacífica colombiana), y la más reciente La isla de todos los santos (sobre las conquistas de Napoleón) queda claro la influencia del alemán en el teatro de Buenaventura.

En El lunar en la frente los actores se confunden con los personajes, se paran de frente al público a contar la historia, utilizando canciones, poemas, en fin. Se apoyan en otras técnicas como la esgrima, capoeira, danza, entre otras. Se utiliza un tapete donde transcurre la acción. Los mismos actores mueven la escenografía no ocultando nada; se ven los focos de iluminación y en algunos casos la tras escena.

Creo que él ya presentía que sus días en la tierra estaban acabando pues manifestaba lo siguiente: “estoy trabajando ahora en cuatro piezas al mismo tiempo y rápido, por que son póstumas».

Los dientes de la guerra fue lo último que escribió, sobre la historia del conflicto armado colombiano. Y en sus últimos días se preparaba la celebración de sus 50 años como formador de artistas.

En Cali, actualmente, desean ponerle Teatro Municipal Enrique Buenaventura a la sala más grande de la ciudad. Y en el árbol de mangos, que hay en el patio del TEC, es donde reposan ahora sus cenizas luego de que su hijo Nicolás las derramara y luego cubriera con tierra a la manera de una siembra, porque ahí estará sembrado para siempre el espíritu del maestro. Y en la sala grande, en la que aún retumban sus carcajadas, se veló su cuerpo por dos días realizándose conciertos y leyéndose poesías.

Lo que más se extrañará serán sus conversaciones con el público después de cada presentación, esa imagen de hombre bonachón de guayabera azul que nunca dejó de escribir con pluma y que siempre respondió al saludo con la frase “la vida es muy dura”, y que al despedirse decía “adiós mi querido my dear”.

Desde el sur del continente te recuerdo en el momento de tu partida. Desde Chile, ese Chile que tanto quisiste pero que te olvidó cuando desapareciste de esta vida. Ningún puto periódico publicó ni siquiera un apartado con la noticia de tu muerte. Por eso agradezco a este medio la posibilidad de decirte:

¡ADIÓS MAESTRO Y MUCHÍSIMAS GRACIAS!

*Claudio Barbas B. es Licenciado en Actuación y Actor Profesional de la Pontificia Universidad Católica de Chile (UC). Director, productor y actor de Teatro Pequeño Clan.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *