José Ricardo Morales: El dramaturgo en su exilio

Por Nel Diago (desde Valencia, España). No sé si José Ricardo Morales será muy dado a las ensoñaciones, aunque supongo que no, porque es un hombre dinámico y muy activo…

Por Nel Diago (desde Valencia, España)

José Ricardo Morales. El dramaturgo en su exilio (*)

No sé si José Ricardo Morales será muy dado a las ensoñaciones, aunque supongo que no, porque es un hombre dinámico y muy activo: a sus casi noventa años (los hará el 3 de noviembre de 2005), jubilado por fin de la vida académica, sigue sin embargo escribiendo obras dramáticas y ensayos, participando en encuentros y seminarios, dando conferencias, y viajando a España desde el lejano Chile, su segunda patria, donde reside, atento siempre a los aconteceres de la primera, ya en el plano político, ya en el cultural o, incluso, en el deportivo (guarda con celo y muestra con orgullo su carnet de socio infantil del Valencia Club de Fútbol).

Hagamos, no obstante, un ejercicio especulativo. Imaginemos, como hiciera Max Aub en su célebre discurso apócrifo de ingreso en la Real Academia, que estamos en el período de 1936 a 1939 y que no hubo un levantamiento militar contra la República ni una Guerra Civil. Veríamos entonces al joven Morales estudiando en la Universidad de Valencia, dirigiendo el Departamento de Cultura de la Federación Universitaria Escolar (F.U.E.) y haciendo sus primeras armas dramáticas integrado en El Búho, el grupo de teatro universitario que por entonces dirigía precisamente Max Aub. Probablemente Morales, tras el alejamiento del autor del San Juan, reclamado desde la capital para ponerse al frente del flamante Teatro Nacional, tomaría a su cargo al grupo y, junto a otros jóvenes igualmente apasionados por el teatro, iniciaría un proceso de modernización de la escena valenciana.

En 1941, finalmente, fundaría con sus colegas el Teatro Experimental de la Universidad de Valencia, institución que llegaría a ser mítica, inaugurando su actividad con la puesta en escena de Ligazón, de Valle-Inclán, dirigida por él mismo. Ahora bien, como quiera que Valencia por entonces no tenía una infraestructura teatral suficiente como para poder dedicarse profesionalmente a este quehacer, y él no estaba dispuesto a marcharse de allí, pues le gustaba su ciudad, nuestro hombre encontró acomodo en las aulas de la Universidad. Su sólida formación, sus amplios conocimientos, su brillante capacidad como docente, le llevarían a impartir disciplinas tan variadas como paleografía, estética o historia del arte. No por ello dejó de cultivar el arte de Talía y, particularmente, la escritura de piezas dramáticas. Obras que sus compañeros del TEUV no se atrevían a montar, y no voy a entrar a considerar las razones de la negativa.

Pero quiso el azar que cierta vez, hallándose Margarita Xirgu de gira por Valencia, entablaran relación amistosa la diva y nuestro dramaturgo. La actriz catalana, fiel a sus principios, como ya hiciera en otro tiempo con Federico García Lorca, Rafael Alberti o Alejandro Casona, estaba deseosa de poder ofrecer a su público obras nuevas de jóvenes autores. Morales le pasó una que tenía compuesta y que estaba muy en la línea de las tendencias de su tiempo. Se titulaba El embustero en su enredo y la había calificado su autor como “Representación a la antigua en tres actos y dos cuadros”.

La gran dama del teatro español quedó muy satisfecha con la lectura y prometió montarla a la primera ocasión. Y así fue. Además, el estreno, por deferencia al novel autor, tuvo lugar en Teatro Principal de la ciudad del Turia el 11 de mayo de 1944. La crítica local, por lo general, trató con deferencia la pieza, señalando el carácter pirandelliano del juego teatral propuesto y alabando, sobre todo, la maestría del autor en el dominio de la lengua, el extremado cuidado de la expresión literaria. Ahora, eso sí, a casi ninguno le gustó el final. Pase que el primer acto esté escrito en clave de farsa y el segundo, de tragicomedia, pero que el tercero, como apuntó el autor en el programa de mano, se desarrolle “en el mundo interior del protagonista y de acuerdo con los procedimientos seguidos en los autos de los siglos XVI y XVII”, era ya mucho atrevimiento, excesiva osadía vanguardista, incluso para el público fiel y entusiasta de Xirgu, que no se asombraba con nada.

Con Nel Diago en Valparaíso con motivo del 65 aniversario del arribo del Winnipeg (2004).
Con Nel Diago en Valparaíso con motivo del 65 aniversario del arribo del Winnipeg al Muelle Prat del viejo puerto chileno(2004).

Nuestro joven escritor se quedó un poco preocupado con estos comentarios. Tanto que se planteó rehacer la obra. Margarita le porfiaba que no, que ella la encontraba bien así. Pero Morales insistió y se puso manos a la obra, nunca mejor dicho. Para su estreno en Madrid, en el Teatro Español, que tuvo lugar el 8 de junio de 1945, en la misma temporada en que Margarita había estrenado La casa de Bernarda Alba, de García Lorca, el montaje ya era otro. Seguía teniendo el mismo empaque, pues la bella escenografía diseñada por Santiago Ontañón no había variado. Aunque, eso sí, hubo que cambiar parte del reparto: el papel de la hija ya no la haría la estupenda Amelia de la Torre, ni el del Alguacil el atractivo galán Alberto Closas, aunque los nuevos (Isabel Pradas y Francisco López Silva) en nada les desmerecían. Pero el cambio fundamental estaba en el propio texto, reelaborado definitivamente en forma de farsa y dividido en cuatro actos.

Las críticas esta vez fueron enteramente favorables, tanto en Madrid como en Barcelona, en cuyo Teatro Romea se estrenó en el mes de septiembre de ese mismo año. No fue, es verdad, una gran éxito, por lo menos no comparable a los que la compañía había tenido en ese tiempo con la obra de García Lorca antes citada o con El adefesio de Alberti. Pero Xirgu guardó un buen recuerdo de la experiencia y, muy especialmente, de la persona de José Ricardo Morales, ese joven y culto profesor valenciano que tanto sabía.

Por ello, en 1949, cuando la actriz catalana se había asentado nuevamente en Barcelona, abandonando la capital tras un absurdo malentendido con las autoridades madrileñas, el nombre de nuestro dramaturgo le vino de inmediato a la mente. Para iniciar esta nueva etapa Margarita Xirgu se había fijado una gran meta: hacer La Celestina. Y para ello, claro está, necesitaba una buena versión. Y quién podía hacerla mejor que nuestro hombre, el joven profesor, ya ducho en estos lances con sus adaptaciones de clásicos para el Teatro Experimental de la Universidad de Valencia. No se equivocó en la elección. El trabajo de Morales como adaptador de la tragicomedia de Rojas fue impecable, y el éxito, inmediato.

Lamentablemente ahí acabó la cosa. La relación profesional de Morales y Xirgu no fue mucho más allá. Más que nada porque nuestro dramaturgo dejó de interesarse por el teatro. Tuvo serias desavenencias con sus colegas del TEUV por razones estéticas e ideológicas y decidió retirarse. Además, por aquel entonces se enamoró de una atractiva pintora francesa, Simone, con la que se casó, y comenzó a viajar por las Galias y a interesarse por las artes plásticas. Dejó incluso de escribir piezas teatrales. Cuando volvió a hacerlo, ya en los años 60, Xirgu estaba dedicada por entero a la pedagogía como directora del Institut del Teatre que hoy lleva su nombre.

La vuelta de Morales a la escritura pasó, sin embargo, inadvertida, En los escenarios tradicionales, controlados por los empresarios al uso, mandaban Alejandro Casona y Alfonso Paso, y en los alternativos, los grupos de teatro independiente. Ni unos ni otros le hicieron el menor caso. Publicó, eso sí, bastante, aquí y allá. Pero salvo una obra corta que representaron en su Universidad, a modo de homenaje, ya en la década de los 90, ni un estreno, sólo promesas. Poco importa, porque Morales es incapaz de desalentarse y cada invierno, en su casa de Denia, frente al Mar Mediterráneo, compone una nueva obra, o varias, según esté inspirado. La presente, en todo caso, no había vuelto a editarse desde 1976, cuando la publicó la Universidad en un volumen titulado Teatro Inicial que recogía sus primeros textos.

Final del juego

Y hasta aquí el cuento. Porque, desgraciadamente, de un cuento se trata. Los hechos son ciertos, los lugares y las circunstancias, no. Donde dice Teatro Principal de Valencia, hay que leer Teatro Municipal de Santiago de Chile. Donde dice Teatro Experimental de la Universidad de Valencia, debe leerse Teatro Experimental de la Universidad de Chile. El Teatro Español de Madrid fue, en realidad, el Teatro Avenida de Buenos Aires. Y el Romea de Barcelona, el 18 de Julio de Montevideo. Y la que lleva su nombre, Margarita Xirgu, es la Escuela Municipal de Teatro de la capital uruguaya, y no el Institut del Teatre.

Y el malentendido existió (curioso: por la representación de El malentendido de Camus), pero no con las madrileñas, sino con las autoridades del gobierno peronista de Argentina. Y José Ricardo Morales no tiene una casa en Denia, frente al Mediterráneo, sino en Isla Negra, de cara al Océano Pacífico. Y cuando en España es invierno, en Chile es verano. El mundo al revés, la vida entera al revés. Porque sí hubo una Guerra Civil, en la que Morales combatió y fue herido. Y hubo después un exilio que lo llevó, junto a su familia, hasta el puerto de Valparaíso a bordo del mítico Winnipeg que fletara Pablo Neruda.

¡Ah!, y el volumen de Teatro Inicial se editó, en efecto, en la Universidad. Pero en la de Chile. Es ésta la primera vez que la Universidad de Valencia publica una obra suya, El embustero en su enredo, que, por cierto, nunca antes se había editado en España. Vivir, ¡90 años!, para ver.

(*) “El dramaturgo en su exilio”, en José Ricardo Morales: El embustero en su enredo, Valencia, Universitat de València, 2005, pp. 9-14. Es la primera y la única edición de la obra que se hizo en España hasta la edición de su Teatro Completo.

Cabe destacar que José Ricardo Morales (Q.E.P.D.) -fallecido hoy día 18 de febrero de 2016 a la edad de 100 años- estrenó esta farsa en cuatro actos bajo la dirección de Margarida Xirgu en el Teatro Municipal de Santiago de Chile en 1944, y fue representada – en su versión definitiva- un año más tarde por la propia Xirgu en Buenos Aires.

Asimismo, José Ricardo Morales, fue uno de los casi tres mil refugiados republicanos españoles que Neruda rescató del campo de concentración de Saint Cyprien -al sur de Francia- y trasladó en el Winnipeg con destino a Chile (1939); en donde posteriormente se destacó como uno de los fundadores del Teatro Experimental de la Universidad de Chile (1941).

Nel Diago es Doctor en Filología Hispánica. Actualmente es Profesor Titular de Historia del Teatro en el Departamento de Filología Española de la Universitat de València, donde imparte materias sobre teatro español, teatro latinoamericano y teoría y crítica del teatro.

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