A viva muerte

Por Contanza Carlesi (desde Valencia, España). «A viva muerte» es básicamente un recital de poesía y a su vez, esencialmente, una performance audiovisual.

Por Constanza Carlesi (desde Valencia, España).

Polvo seremos, pero de poesía vivimos

«La realidad es una palabra con muchos significados» (Peter Brook)

A viva muerte es básicamente un recital de poesía y a su vez, esencialmente, una performance audiovisual. Me refiero al término performance ya que no estamos frente al “intérprete de”, sino frente a un poeta, el valenciano David Trashumante, que dispone de su propia persona y de los elementos que selecciona cuidadosamente junto a su equipo –Alejandro de Sousa, Ysa Cruz y Daniel Frechina– para la realización de este particular concierto poético.

Se trata de una versión escénica del libro A viva Muerte poemario homónimo publicado por Baile del Sol en 2015. Dichas piezas que en conjunto y por medio de su lectura/acción (David Trashumante) musicalización (Alejandro de Sousa) nos hacen viajar por espacios y escenas surrealistas.

Un canto a la muerte como el fin de un tránsito inevitable, donde los que “ya no están” reviven a través del lenguaje –escénico y de palabra– para recordarnos que existieron, que marcaron más de una biografía, escrita o imaginada, y sobre todo al poeta, quien se entrega o bien, quien se “sacrifica” ante nosotros para recordar a sus propios muertos.

Es una inmolación de memoria, a veces melancólica, a veces infantil, incluso humorística, también histórica, donde el poeta disfruta de una autoflagelación poético-escénica de la que estamos invitados a disfrutar, sin convertirnos por ello en voyeristas sádicos.

Aunque no es una obra de teatro, sí es una puesta en escena muy cuidada desde el comienzo. Al entrar a la sala –en esta ocasión Carme Teatre– observamos el espacio dispuesto como si se tratara de una curiosa orquesta de cámara: atriles, instrumentos musicales, un lugar para quien dirige y atrás un coro de muertos o si se quiere, un coro de nombres de personas muertas que han marcado la historia universal, personificados en placas de papel.

Así como no es cualquier recital poético, no es cualquier acompañamiento musical, ya que también como espectadores, disfrutamos de una experiencia sonora que además de apoyar y complementar la actuación del poeta, brilla por sí misma. Efectos sonoros, instrumentos musicales con aplicaciones que subvierten el sonido tradicional –violín eléctrico con pedalera de efectos y como pizzicato, grabación de loopers, entre otros arreglos–. De modo que desde el sonido más clásico del violín hasta la armonía étnica de la flauta dulce barítona, nos encontramos con un paralelismo de aquella ruptura de la percepción también clásica de un recital de poemas.

Por otra parte, también está la proyección audiovisual, esbozada como una pausa a la ejecución escénica, como aquel poema que escuchamos, luego de la ejecución de un cuadro escénico que se mantiene estático mientras oímos/observamos.

Una palabra no empieza como palabra. Es un producto final de un impulso, estimulado por actitud y comportamiento, que manifiesta la necesidad de expresión[1]

¿Se trataría entonces de una escucha poético-escénico-visual-musical del inconsciente del poeta? Quizá un misceláneo de disciplinas que se reúnen en torno a la reconstrucción de una lectura que hacemos en conjunto. Incluso, podría decirse que es una performance que apela a una escucha comunitaria, y por qué no decirlo, a la práctica oral. Con ello me refiero a la tradición oral u oralidad, mecanismo de comunicación, o de transmisión de la cultura –en paralelo o en oposición al de la escritura– que hasta hoy sirve en la praxis a diversas comunidades indígenas sobrevivientes a los tiempos contemporáneos.

Según esto, en parte, A viva muerte sería, entonces, un ejercicio de poesía oral. Pues por aquí creo que me he acercado a una definición de lo que vimos. Sin embargo, no escribo para definir, sino para transmitir el goce de la experiencia, del convivio irrepetible. Una experiencia que generosamente el poeta Trashumante nos regala a través de esta puesta en escena que de alguna manera materializa el inconsciente de sus imágenes. Que nos hace viajar por aquellos escenarios surrealistas, construyendo y deconstruyendo a medida que avanzamos entre un poema y «otro».

Podríamos pensar en una fotografía de Man Ray en movimiento, en un cortometraje de David Lynch, en un concierto para violín de Schönberg que se tropieza con la armonía de un canto a la madre tierra, entre otros referentes visuales y/o musicales expulsados por medio de la poesía frenética, contestataria e irónica que caracteriza a Trashumante.

Y así, podría seguir aumentando la lista de referencias para lo que sería básicamente el recital de una cuidadosa selección de poemas del libro A viva muerte que decanta como: performance musical, experiencia sonora visual, crítica social política universal. Un caos poético que explota sistemáticamente en una puesta en escena, que conmemora, emociona y sobre todo, comunica.

Concluyo, reflexionando que no sería mala idea, repensar en la posibilidad de que la poesía re-anime a su público a traspasar las fronteras de la lectura individual, que aunque tampoco está mal, también pueda existir esta posibilidad diferente, de acercamiento entre autor y lector, y de escucha colectiva, oral.
L.C.

FICHA ARTÍSTICA

Obra : A VIVA MUERTE
Texto, dirección e interpretación : DAVID TRASHUMANTE (VLC)
Música en directo e interpretación : ALEJANDRO DE SOUSA
Sonido e iluminación : Ysa Cruz y Daniel Frechina
Fotografía : Andrea de Andrés
Grafismo : Nociones Unidas

[1] Peter Brook, El espacio vacío, 1968.

*Constanza Carlesi es actriz, dramaturga, crítica teatral y poeta.

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