Egon Wolff: Al maestro con cariño

Por Alvaro Pacull L. (desde Santiago de Chile). Este año 2016 ha sido duro por las pérdidas de tres grandes dramaturgos chilenos. Paco Rivano, Juan Radrigán y ahora Egon Wolff.

Por Álvaro Pacull L. (desde Santiago de Chile).

Este año 2016 ha sido duro por las pérdidas de tres grandes dramaturgos chilenos: Paco Rivano, Juan Radrigán y ahora Egon Wolff. Los méritos de los tres son notables por su aporte a la cultura nacional, pero sobre todo por la aguda y crítica mirada a una sociedad poco igualitaria, con identidad difusa y con empatía cuestionable.

El teatro tiene la maravillosa posibilidad de mostrar a los seres humanos y la manera en que éstos interactúan o simplemente no lo hacen; nos hace ver lo que tenazmente ocultamos y nos invita a soñar un mundo mejor, es decir,es un espacio donde los sueños pueden ser posibles y donde la lucha por conseguirlos no es un acto ingenuo. El teatro es, según el gran director, actor y profesor, Juan Carlos Gené, “la terca custodia de una luz para los hombres”.

Todo buen maestro aspira a dar luz a sus alumnos. En ese sentido, me gusta la idea del teatro como fuente lumínica para muchos y a sus cultores como persistentes linternas que posibilitan la adquisición de un conocimiento relevante y que brinda estrategias para el logro de cambios urgentes y positivos para las personas.

Wolff, fue fuente de luz para quien escribe y, lo fue también, para muchos a los que cariñosa y sabiamente guio en la senda de la escritura y como de la vida; ello porque Egon no sólo nos enseñó una técnica dramatúrgica prolija –aprendida de primera fuente de docentes del realismo norteamericano- sino que nos conectó con la ética artística, con el rigor que demanda la consecuencia y con el respeto a la verdad, esa entelequia tan relativizada y manipulada desde los sitiales del poder.

No puedo olvidar a Egon, quién, en una conversación de pasillo, siendo yo muy joven, me dijo, “no olvides que en los personajes vive un ser humano y que son los sentimientos de éstos los que debes saber sacar a la luz”.

Luego de ello me preguntó por mi narrador favorito, a lo que yo respondí cándidamente que Gabriel García Márquez. Me miró de manera amistosa y me invitó a leer a Faulkner. Su gesto fue fundacional, sin imponerme nada el maestro me hacía ver que siempre existe un “antes” y que en realidad la “novedad” es consecuencia de herencias importantes que no debemos olvidar.

Con los años, fui testigo de sus desengaños frente al teatro y a algunos de sus exponentes, también fui depositario de sus opiniones, siempre cargadas de humanidad y respeto. Pude ver como su cuerpo se fragilizaba y cómo luchaba por estar presente en sus estrenos y en más de una obra incomprensible para su sensibilidad y que lo alejaba sistemáticamente de un imaginario que no compartía y que sentía extraño por lo efectista, carente de sentido espiritual y donde no se percibía la modestia creativa que tanto apreciaba. Se refugió en la pintura, como intentando preservar para él una experiencia única de conexión con la belleza. Dialogaba con los pinceles y daba formas sutiles, cargadas de detalles acuosos con los que retrataba espacios naturales y personas tímidamente esbozadas. Eran, sin duda, escenarios y atmósferas de un teatro privado que hablaba de sentimientos y visiones de un mundo que sentía perdido o extraviado fruto de la crueldad, la voracidad, la envidia y, por qué no, del egocentrismo circundante.

Los que conocen la obra del maestro, saben de su valor, extensión e impacto. Su teatro fue, es y será, tremendamente significativo a nivel temático y social; ello porque mucho de lo que somos -para bien o para mal- se revela en éste y nos orienta como espectadores sobre la base de principios morales sólidos y permanentes. Pero su lenguaje escénico va más allá, añade constantemente la sorpresa, jugando ésta un rol preponderante en el ritmo y el desarrollo de la acción, algo no menor y muy complejo de lograr. A lo anterior se suma el carácter cíclico se ciertas estructuras de representación, como queriendo decirnos de manera reiterada: “si el ser humano es el mismo, los sucesos pueden repetirse”.

Esto encierra una gran y profunda lección respecto a las conductas y el comportamiento humano, universalizando a través de dicho fenómeno nuestro periférico teatro, y esto sin renunciar a las referencias culturales locales, algo que bien debieran tener presente ciertas apuestas teatrales contingentes que tan poco sabor específico proporcionan.

Lo dicho enfrenta y tensiona varios aspectos de cierta creación escénica actual, donde la noción de entretenimiento a cualquier precio o de efectismo escénico, evaden el encuentro con un ser humano conectado con su interioridad, con sus interrogantes existenciales y con los gestos frágiles y privados que lo develan.

Wolff se quejaba de las modas teatrales, decía: “Este país es muy peculiar, se recluye rápidamente en lo que está de moda, copia lo externo». Sin duda su crítica apuntaba a las dinámicas de producción y consumo cultural imperantes y que condicionan el fenómeno artístico contemporáneo, repasando a muchos dramaturgos y realizadores, centrados en fabricar textos y espectáculos carentes de una investigación profunda de la naturaleza humana y donde la lógica más básica del mercado impone “rostros” conocidos a los personajes teatrales, condicionando con ello la necesaria credibilidad y sorpresa del espectáculo.

No hablo, entonces, de un distanciamiento feble. Wolff se alejó de una manera de concebir los contenidos y las formas teatrales, se distanció de procedimientos que chocaban con sus convicciones ideológicas y espirituales más profundas. No estuvo dispuesto a consensuar, ni tampoco a aceptar modos que atentaban con su visión de la vida y la cultura. Esto explica, en cierto sentido, su “retiro” al campo, es decir, fuera de la “polis”; eso da una pista del porqué un generador de palabras, optara por atrincherarse en la imagen pictórica, espacio expresivo donde el trazo y el gesto nos hablan desde el silencio.

Y si de silencio y discreción hablamos, qué mayor ejemplo que su última despedida, un acto austero y fuera de aspavientos. En su funeral estaban sus seres queridos, sus amigos, su familia, algunos de sus alumnos y unos pocos compañeros de generación artística. Se fue con la tranquilidad no sólo de haber sido un gran escritor, sino un cariñoso padre, esposo, abuelo, tío y amigo. Se durmió dejando una huella profunda, la marca de haber sido un buen hombre.

Me quedaré para siempre con la ficción de su imagen pintando y mezclando colores, mientras de reojo mira su vieja máquina de escribir y teclea mentalmente los diálogos que jamás dejo de crear.

Hasta pronto maestro, ya nos volveremos a tomar un café y conversaremos del mundo, de la gente y de las consecuencias que acarrean las acciones. Nos vemos, aunque espero que no muy luego…

FIN

*Alvaro Pacull L. es Actor titulado en la Universidad Católica, Licenciado en Estética, Diplomado de Doctorado en Estudios Avanzados en Literatura Española de la Universidad Alcalá, España; y Magister en Comunicación Aplicada.

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