Javier Marías: el enemigo (público) número 1 de los actores españoles

En efecto, a Javier Marías le bastó un breve artículo para ganarse -merecidamente- el pergamino al enemigo…

Imagen: RTVE.es

En efecto, a Javier Marías le bastó un breve artículo para ganarse –merecidamente- el pergamino al enemigo (público) número 1 del gremio actoral español. En el mencionado –a juicio de muchos hasta difamante- opúsculo el destacado escritor lanza algunas perlas como estas:

«Si uno va hoy al teatro se expone a cualquier sandez de directores que adaptan grandes clásicos a las tontunas contemporáneas», así como que «el teatro –más que el cine y las series– ha caído rendido a casi todas las tontunas contemporáneas. Se permite lo “simbólico” y lo inverosímil en mucho mayor grado, y ahí caben todas las supuestas genialidades de muchos adaptadores y directores, convertidos en las verdaderas estrellas, usurpadores de los buenos nombres de Lope, Calderón, Molière o Shakespeare».

Las respuestas, por parte de los afrentados, no se han dejado esperar. Algunos connotados -y otros no tanto-, le han soltado de todo y más. Para muestra un botón: Pérez-Mencheta ha señalado que «este señor se jacta de su propia «carquez» (si se me permite el palabro) y ataca al Teatro que se está haciendo hoy, reconociendo nada más empezar que «hace mucho que no va». No tiene desperdicio el artículo. Siga usted sin venir al teatro, don Javier. Los que tratamos de contar historias desde las tablas se lo agradecemos. Y si es posible, pues tampoco escriba sobre ello. Que para animar a la gente a que NO venga al teatro, no nos hacen falta voceros del medievo».

El actor que encarnara a Dani en ‘Al salir de clase’, por su parte, añade que «y si decide escribir, primero bájese del púlpito, dése usted un baño -o dos- a ver si se le quita el olor a moqueta del Cleofás, «desenrósquese» la gola, y salga a la calle, a darse una vuelta (para empezar) por el off madrileño, que seguro que oxigena sus renglones. Por último me permito recordarle que en la naturaleza del Teatro está precisamente su vocación de mostrar un punto de vista sobre la realidad trascendiéndola: un espejo cóncavo o convexo frente al espectador. El espectador de hoy, señor Marías. Año 2017, le recuerdo». Como han destacado importantes medios de comunicación de este país.

Lo cierto es que Marías se equivoca y groseramente con un texto improcedente -por no decir, imprudente- y ocioso. Un solo ejemplo de lo cual, para no hacernos cargo de otros comentarios suyos rayanos en el mal gusto y la absurdidad; como asimismo, dejando de lado la tema/debate respecto de la libertad de creación, el cual simplemente manifiesta desconocer de primerísimo primer plano: ¿De dónde saca que un clásico no es reinterpretable? ¿Por qué un director contemporáneo no puede reinterpretar a su antojo el mito del Hamlet situándolo en el pleno siglo XXI, tal y como hizo Shakespeare (según muchas teorías y estudiosos del tema) situando el mito y la saga nórdica medieval (S. XII) de Amleth varios siglos después? ¡En fin! Es que debiera haber visto las reinterpretaciones que han hecho de Shakespeare directores como Ariane Mnouchkine (y algunos de sus más aventajados discípulos como Andrés Pérez y Claudio Celedón), Peter Brook, por nombrar algunos, para que se hubiera caído de bruces mil veces antes.

Lo único –acaso- posible de rescatar de todas las sandeces que señala, que se desprenden de ellas muy extrapolada e imaginativamente, es que existe una clase de gente que no tiene cabida alguna -de ninguna de las formas- en una práctica cultural creativa, sensible y, por sobre todo, esencial e integralmente problematizadora como es el teatro. Y, es obvio, que ante tamaño handicap estético-teórico-antropológica lo único que cabe es la no asistencia o la (auto)marginación (está en el derecho de todo ciudadano hacerlo o hacerlo solo a aquellos espectáculos que le son de su mejor agrado/competencia y goce estético. ¡Faltaría más! Lejos están los tiempos en que esta noble actividad era una obligación y un deber cívico).

El teatro, por lo demás, se ha manifestado, desde siempre, desde hace mas de 21 siglos, que no es competencia de fariseos ni de cancerberos de las maneras únicas de hacer las cosas, por más guardianes que se precien del “buen decir”.

Por último, este señor ha demostrando -una vez más- que ser poseedor de una buena pluma no basta para meterse en todos los sitios. Que un escritor y un intelectual distan mucho de ser una y la misma cosa; pues resulta más o menos evidente que se puede ser buen escritor y saber muchísimo de literatura pero al mismo tiempo demostrar una total y absoluta incompetencia e ignorancia en según qué tema, como en una serie de otros (este señor no es la primera vez que “picha fuera del tiesto”): “mortales, el más sabio de vosotros es aquel que reconoce que nada es su sabiduría”. Creo que fue Sócrates el que lo dijo. En cualquier caso, la idea es relevar la necesaria e imprescindible actitud de repeto por el saber (ajeno) y por una práctica (cultural) concreta, como en este caso, que acumula no pocos conocimientos y oficio desde los remotos tiempos de la antigüedad.

A propósito, recomiendo La desfachatez intelectual (Libros de La Catarata) del profesor de Ciencias Políticas Ignacio Sánchez-Cuenca (Valencia, 1966).

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