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Eugenio Barba: el mítico director del Odin Teatret en Buenos Aires

(Buenos Aires, Argentina) Con motivo de la visita a Argentina del mítico director teatral ponemos a disposición de nuestro lectores el interesante diálogo que sostuvo en dicho país con la Revista Ñ…

(Buenos Aires, Argentina) Con motivo de su visita a Buenos Aires, Revista Ñ de El Clarín desarrolló este interesante diálogo con el mítico creador del teatro antropológico, a cargo de la periodista Ivanna Soto que a continuación ponemos íntegramente a vuestra disposición:

Eugenio Barba: «Lo sagrado en el teatro es el oficio»

Eugenio Barba sonríe, afila sus ojos para entender, antes de responder en esa mezcla de acentos con la que habla un español que fluye. Recién llegado a la Argentina, a sus 80 años su andar es tan liviano que por momentos cuesta tomar conciencia de que en verdad estamos ante uno de los grandes maestros del siglo XX, tal vez el último mito vivo del teatro.

Después de casi diez años, Barba está aquí nuevamente con el Odin Teatret, uno de los grupos más influyentes del mundo fundado en 1964, para presentar Las grandes ciudades bajo la luna, además de una serie de workshops y “demostraciones” de varios integrantes del elenco original –en las que, con forma de espectáculo, muestran el proceso de trabajo del actor. Es que la transmisión de conocimiento es fundamental en este grupo con 76 espectáculos a cuestas signado por la actividad interdisciplinaria y la reciprocidad.

Con sede en la pequeña ciudad de Holstebro, en Dinamarca, Barba lleva más de cincuenta años recorriendo distintas partes del mundo, con un teatro transcultural y comunitario. La explicación se halla en sus orígenes: italiano de nacimiento, los viajes marcaron su vida. Huyendo de las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial, su primer destino fue Noruega, donde fue marinero hasta su entrada en la universidad en Oslo, donde obtuvo su título en Letras e Historia de las Religiones mientras trabajaba como soldador en una fábrica de estaño. Fue en 1960 que descubrió el teatro y con una beca de la UNESCO se fue a vivir cuatro años a Polonia, tres con un todavía desconocido e igual de joven Jerzy Grotowski. De vuelta en Oslo, convocó a los actores rechazados por la academia y se fue a Holstebro.

Desde entonces, las artes escénicas siempre han sido para Barba un medio de comunicación íntimo con el espectador. La rigurosidad de su trabajo en torno al cuerpo del actor lo llevó a acuñar el concepto de Antropología Teatral, un estudio sobre los principios técnicos presentes en todas las maneras de hacer teatro para capturar la atención del espectador. Con todo su bagaje a cuestas e influido por las más diversas culturas, elaboró su material teórico, cuyos textos se estudian en las universidades como una de las figuras que revolucionaron el modo de entender el teatro contemporáneo.

Ha dicho que la gente de América Latina tiene un lugar preponderante en su formulación de la Antropología Teatral. ¿Cuál es la relación del Odin Teatret con el continente hoy?

–Hoy es fundamental y nos sentimos muy cercanos. El primer contacto fue el grupo colombiano La Candelaria, quienes luego nos invitaron al festival de Caracas que dirigía un argentino, Carlos Giménez. Allí surgió esa conciencia y esa reflexión acerca de esa nueva cultura teatral que estaba surgiendo en todo el planeta, a la cual yo llamé “tercer teatro”. Es decir, que no era el teatro tradicional ni el de vanguardia, sino un teatro de jóvenes con hambre de, a través del teatro, realizar una transformación. De esa manera comenzaron los contactos, porque todos nuestros lazos con América Latina son contactos personales, de amistad. Sobre todo con Silvia Pritz (quien por tercera vez gestionó la llegada del Odin al país), y también otros grupos, como El Baldío, personas que trabajaban en las mismas condiciones, por fuera de la institución.

Un nombre que mencionó en su última visita al país cuando le dieron el Doctorado Honoris Causa por el ex-IUNA fue Osvaldo Dragún.

–(Habla con nostalgia) Sí, con Osvaldo nos conocimos en Cuba en el 86. El había sido nombrado director de la EITALC (Escuela Internacional de Teatro de Latinoamérica y el Caribe) y hubo una conexión inmediata. Por esa conciencia del valor de lo que hacemos en teatro, y por una forma en común de alegría e ironía.

Ese mismo año el Odin vino por primera vez al país, cuando presentó tres espectáculos en el Teatro San Martín. ¿Cómo recuerda ese encuentro?

–La sensación era de entrar en un espacio histórico que nos era ajeno, ya que ustedes salían de la dictadura militar. Yo conocía la guerra, los bombardeos, allí perdí a mi padre, pero eso es otra historia.

La obra que trae aquí, Las ciudades bajo la luna, habla justamente de las consecuencias de la guerra sobre las personas y las fronteras cerradas de los países. Hace pocos días lo vivió en carne propia, cuando le negaron la entrada a Estados Unidos…

–Sí, porque estuvimos en Irán. Ibamos a un festival en Miami y el consulado nos negó la entrada. Es horrible y triste esa manera de pensar en los extremos: sí o no. Hoy la guerra existe pero parece invisible, sus marcas se perciben de otra manera. Esto ha logrado que la sociedad estadounidense haya llevado a Trump a la presidencia, por ejemplo. Yo soy muy viejo y viví toda mi infancia a la sombra de la Segunda Guerra. Italia después de la guerra era un país muy pobre y viajar se convirtió en una gran experiencia de libertad, de descubrimiento de otras culturas, idiomas, sabores, comportamientos. Llegué desde el sur de Italia a Noruega, y todo era completamente diferente. Así que ese gran momento de libertad se volvió una forma de vida.

Es decir que no fue el teatro el sentido de su búsqueda.

–No. Fue por el hecho de ser extranjero, que tiene de un lado la generosidad y la hospitalidad de quienes te reciben pero también el racismo, que era muy virulento. Eso hizo que decidiera hacer teatro para ponerme una máscara que escondiera mi origen étnico y me transformara en un artista, como una forma de socializar e integrar mi diferencia. Por ejemplo, tú me tratas como un artista de teatro, no piensas si soy italiano. Y después, cuando formamos nuestro grupo y nos establecimos en Dinamarca porque nos ofrecieron una granja en las afueras, la ciudad era tan pequeña que tuvimos que viajar para generar dinero y eso se transformó en nuestra manera de hacer teatro.

Eso signó una de las características fundamentales del grupo: la itinerancia…

–Todas las personas que integran el Odin vienen de diferentes países, son personas que han dejado su casa, su idioma, su familia, su cultura y se han integrado a la manera de vivir, pensar y comportarse profesionalmente del grupo. Cuando tú ves el Odin, ves en concreto un grupo de personas de diferentes colores y culturas que piensan de manera diferente, con distintas ideologías políticas incluso, pero eso no nos interesa. Lo que nos importa es que cuando trabajas debes dar el máximo. Es el oficio la parte sagrada. Y en el oficio debes dar el máximo porque eso es lo que permite al espectador recibir el máximo. Eso es lo que se podría llamar una ética del trabajo.

Eso signó una de las características fundamentales del grupo: la itinerancia…

–Todas las personas que integran el Odin vienen de diferentes países, son personas que han dejado su casa, su idioma, su familia, su cultura y se han integrado a la manera de vivir, pensar y comportarse profesionalmente del grupo. Cuando tú ves el Odin, ves en concreto un grupo de personas de diferentes colores y culturas que piensan de manera diferente, con distintas ideologías políticas incluso, pero eso no nos interesa. Lo que nos importa es que cuando trabajas debes dar el máximo. Es el oficio la parte sagrada. Y en el oficio debes dar el máximo porque eso es lo que permite al espectador recibir el máximo. Eso es lo que se podría llamar una ética del trabajo.

¿Cómo entiende lo político el Odin?

–Los hechos históricos muestran que después del año 68 surgió una generación en todo el planeta que consideró al teatro como una técnica para transformar sus propias necesidades de cambio en sí misma y en la sociedad. Fue una generación que se acabó en los 80. Los grupos continúan pero toda esa motivación de cambio político y social se ha perdido. El Odin nunca tuvo eso. Siempre fue atacado por los grupos políticos diciendo que era un grupo formal, que no decía que luchaba para el proletariado, que no tenía una visión marxista, que se concentraba sólo sobre la técnica. El Odin nunca tuvo un manifiesto que dijera: “Luchamos para la sociedad”. Siempre fue muy claro: queremos presentar algunas situaciones de la historia que vivimos con todas sus contradicciones. Sólo eso.

¿Qué tan cerca y qué tan lejos se siente ahora de Grotowski, de esos orígenes, hace ya tantos años?

–Hoy me siento muy muy lejos de toda esa inmensa experiencia de haber acompañado sus viajes, encuentros, situaciones sociales y políticas que han cambiado en el curso de los últimos cincuenta años, sumado a la manera en la que él hacía teatro: en un régimen socialista, que financiaba el teatro pero al mismo tiempo lo censuraba. A su vez me siento muy cerca porque cuando yo lo encontré él era un joven director, apenas un par de años mayor que yo, completamente desconocido, y estaba pasando por un proceso que después yo mismo pasé, que es el de descubrir el oficio. Así que Grotowski fue la persona a través de la cual yo vi cómo se descubría. Y eso me hizo pensar en mi propia situación. Pero nuestras ideas siempre fueron completamente diferentes. El paró de hacer teatro, hizo sólo 10 años: para mí el teatro es una forma de vida en la que el espectador es fundamental.

¿Qué tan cerca y qué tan lejos se siente ahora de Grotowski, de esos orígenes, hace ya tantos años?

–Hoy me siento muy muy lejos de toda esa inmensa experiencia de haber acompañado sus viajes, encuentros, situaciones sociales y políticas que han cambiado en el curso de los últimos cincuenta años, sumado a la manera en la que él hacía teatro: en un régimen socialista, que financiaba el teatro pero al mismo tiempo lo censuraba. A su vez me siento muy cerca porque cuando yo lo encontré él era un joven director, apenas un par de años mayor que yo, completamente desconocido, y estaba pasando por un proceso que después yo mismo pasé, que es el de descubrir el oficio. Así que Grotowski fue la persona a través de la cual yo vi cómo se descubría. Y eso me hizo pensar en mi propia situación. Pero nuestras ideas siempre fueron completamente diferentes. El paró de hacer teatro, hizo sólo 10 años: para mí el teatro es una forma de vida en la que el espectador es fundamental.

Una vez dijo que uno de sus espectadores modelo es Borges…

–El que sabe todo. Borges relacionaba una obra con un libro, una cultura, con otra expresión que en celta significa una cosa u otra, relaciones infinitas, ¡sabía todo!

Imagino que habrá otros más alcanzables…

–(Risas) Por supuesto: alguien que entiende todo de forma literal y que no debe aburrirse, un ciego que sólo percibe la lógica sonora y un sordo, que sólo ve las acciones.

¿Cómo percibe su rol con el paso de los años? Cuando mira hacia atrás, ¿siente que le queda algo pendiente?

–Soy consciente de que no me queda tanto tiempo, aunque mi mamá vivió hasta los 96… Sí quiero dejar una huella. Somos un grupo que morirá con nosotros, mientras que la verdadera institución se queda. Por ejemplo, el Teatro Colón. Los actores se mueren, entran otros, y la institución continúa. Todos los grupos son estructuras efímeras, pequeñas traducciones que duran mientras los integrantes sean capaces de mantenerse y mantenerla con vida. Pero ¿pendiente? No. Todo lo que me gusta lo estoy haciendo.

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