Voces in-correctas para una Ley: Reflexiones desde el teatro para la Ley de Artes Escénicas en Chile

Por Alvaro Pacull L. (desde Santiago de Chile). A riesgo de ganarme más reprimendas y enemistades de algunos miembros de mi gremio (junto a varios colegas, he sido acusado de oportunista e ignorante, he recibido amenazas de rechazo y ostracismo gremial), por concordar con otras personas en cuanto a que en el proyecto chileno de “Ley de Fomento de las Artes Escénicas”

Por Álvaro Pacull L. (desde Santiago de Chile)

“Tristemente parace que el hombre más libre es el que está más solo”

(Reflexión libre sobre teatro y sociedad)

A riesgo de ganarme más reprimendas y enemistades de algunos miembros de mi gremio (junto a varios colegas, he sido acusado de oportunista e ignorante, he recibido amenazas de rechazo y ostracismo gremial), por concordar con otras personas en cuanto a que en el proyecto chileno de Ley de Fomento de las Artes Escénicas, falta incluir algunas de ellas, manifiesto mi disconformidad por el rechazo de la Comisión de Educación y Cultura del Senado, a una de las indicaciones que solicitaba incluir a las representaciones artísticas omitidas. De aprobarse así la Ley, un número considerable de trabajadores escénicos del mundo de la ópera, el ballet clásico y los coros escenificados, se podrían ver lamentablemente excluidos y perjudicados.

Esto no es menor en un país con profunda cultura legalista, ya que la citada omisión, deja sin representación a los excluidos en el Consejo Nacional de las Artes Escénicas y así su opinión en beneficio del sector que representan, se quedará sin voz y reconocimiento explícito en dicha instancia. No es antojadizo pensar que los sectores sí representados, velarán por beneficiar sus intereses específicos por sobre los que no figuran mencionados y con ello se podría generar un privilegio para las artes mencionadas en cuanto a líneas editoriales, manifestaciones expresivas a difundir y fondos a los que se pueda acceder. Ello, al margen de que la designación de los consejeros operará a través de instancias sindicales y/u organizaciones con intereses particulares.

Varios de los argumentos que recibí a favor de dejar el proyecto como está, apuntan a señalar que: “la ópera y el ballet clásico son artes pequeño burgueses y siúticos”; que “esas manifestaciones tienen apoyo de sectores económicos de élite”; que “hubo un trabajo esforzado y que por ello es incuestionable”; que “las opiniones del Director de la Opera Latinoamericana, un ex funcionario del Teatro Municipal de Santiago, a favor de hacer indicaciones para que se sumen las manifestaciones artísticas excluidas, representan el último bastión cultural del pinochetismo”; que “los fondos considerados tendrían que distribuirse entre más actores”; que “a la actual ministra le es más cómodo dialogar con representantes de las artes omitidas”; que “opinar a estas alturas es subirse a un carro que ya estaba completo”; que “estaban todos convocado y los que no llegaron se quedaron bajo la mesa”; que “como no se asegura un incremento presupuestario, es mejor dejar la Ley así”.

Son argumentos que van desde lo emocional/ideológico, hasta el cálculo interesado. Son opiniones que acomodan conceptos y que aseguran condiciones de favoritismo específico. Son opiniones cargadas de prejuicio, sesgadas, egoístas y excluyentes, que no favorecen un espacio de mejora continua y desarrollo integral para las artes de la representación. Espero, de manera honesta, por el bien de los trabajadores escénicos y porque no del país, que estos criterios no pesaran e influyeran en los redactores de la actual propuesta de Ley.

Del mismo modo, cabe señalar que en la sesión de la “Comisión de Educación y Cultura del Senado” en que se discutieron las indicaciones propuestas por el Ejecutivo, se abordó alrededor del 10% de las sesenta indicaciones propuestas y que las razones financieras para continuar con la mentada omisión fueron que dichas artes de la representación tenían fondos considerados en “otros fondos de fomento”. Respecto a los argumentos conceptuales, cabe señalar que algunos senadores se apoyaron en definiciones de Wikipedia y en un comentario anónimo de twitter.

Los legisladores a cargo de evaluar las indicaciones, hicieron saber que el ballet era ya parte de la danza, pero no quisieron establecer diferencias entre contemporánea y clásica, algo que puede inducir a equívocos, ya que la danza contemporánea nace justamente como oposición al ballet clásico; también se hizo saber que para más de alguno, la ópera era parte del teatro, lo que eximía a la primera de incluirla en el listado ya establecido. Con todo, hago saber a los senadores que los “títeres” son parte del teatro y que el “circo contemporáneo” también puede entenderse actualmente como parte del teatro, por depender de una línea dramatúrgica, a diferencia de la modalidad circense clásica; sin embargo, éstas figuran en la propuesta de Ley con nombre propio y representación individual en el Consejo Nacional de las Artes Escénicas.

Este no es el espacio para discutir la pertinencia de las fuentes usadas en este caso, pero reflejan en algo la visión de ciertos legisladores sobre la importancia de la cultura escénica y el conocimiento que de ella manejan. Si el peso de la decisión recaía en el aspecto financiero, tal vez hubieran hecho bien en aceptar la indicación de inclusión, bajo la recomendación de que se considerara, por ejemplo, el traslado de los fondos repartidos al que finalmente operará en el Consejo Nacional de las Artes Escénicas. Tampoco parece fuera de foco hacer notar que la asignación directa que recibe el Teatro Municipal de Santiago, excluya al mundo general de la ópera de estar presentes en la Ley por razones financiera, toda vez que sólo el 10% de los cantantes-actores -con formación académica- son albergados en dicho espacio.

Las Artes Escénicas en nuestro país, merecen apoyo global. La actual iniciativa fomenta división entre los profesionales de este macro sistema, los que requieren unidad para fortalecerse y posicionarse, tanto en reconocimiento como en dignidad. Esto es una verdad incómoda para muchos. Varios constatamos este error y creemos firmemente que debe enmendarse.

Es pertinente hacer ver a quienes tengan algún interés real por este tema, que toda dramaturgia relevante aspira a cuestionar injusticias y que esa es una base importante para las artes escénicas. Con pudor y humildad pienso que valdría la pena recordar a los colegas actores, sobre todo a los que participaron directamente en la redacción del texto y que se inclinan a favor de dejar la Ley como está, que “el teatro, a través de sus diversos géneros y formas, reflexiona y busca comprender la complejidad, las diferentes realidades, las idas y venidas de la trayectoria humana. Investiga y revela aquello que es invisible a la rutina, que pasa inadvertidamente o es considerado “normal”. El teatro provoca, punza, disloca, desencaja, sensibiliza”.

Pero para ello, requiere de oficiantes consecuentes y coherentes. Es pertinente hacer notar que “los actores que representaron Hamlet son muchísimos; sin embargo, son pocos los que se propusieron aprender con el personaje. El príncipe danés no es un muchacho que busca modos de vengar el asesinato de su padre. Hamlet es la profunda discusión ética sobre la decisión y la responsabilidad”. Lo mismo ocurre con el doctor Thomas Stockmann, en Un enemigo del Pueblo o con Nora en Casa de Muñecas, sólo por recordar algunas piezas emblemáticas.

El teatro chileno, se ha caracterizado por décadas por estar a favor de la democracia y por ello solidarizó con las víctimas de la dictadura, lucho en momentos oscuros por conquistar espacios democráticos y con ello abrir ventanas a la igualdad de derechos y posibilidades para todos. De cierta forma, nuestro teatro siempre ha sido un barómetro del acontecer social.

En la actualidad vivimos tiempos complejos, de gran polarización y tensión social. Hemos visto como el poder del dinero y el afán de protagonismo se empoderan en nuestro cuerpo social, llevando tristemente a quienes vocean proclamas éticas a recibir pagos de dudosa naturaleza, a desarrollar acciones incoherentes con sus mensajes y a pretender y/o atesorar el poder de manera ansiosa. En ese sentido, es pertinente hacer ver a las personas que trabajaron por hacer realidad esta iniciativa que “el fin no justifica los medios”, menos si éstos atentan contra otros. Se critica el por qué personas que ahora cuestionan algunos puntos de la Ley, no nos sumamos a contribuir desde el inicio de la iniciativa; dadas las circunstancias, tal vez, sería adecuado reflexionar sobre la razón que a varios nos impidió sumamos.

Debemos asumir que las nuevas generaciones, crecieron en una lógica competitiva y excluyente, donde el logro del objetivo se impone muchas veces a las adecuadas formas de conquista. Muchas de las personas que participaron en la elaboración del documento son jóvenes con deseos de participación y cambio legítimo, pero a mi entender descuidan el bien superior, lo que en este caso debe traducirse en que una Ley de la República se hace para el bien de todos los ciudadanos de la nación, tanto los que generan contenidos artísticos, como para los destinatarios de esos esfuerzos; vale decir, una población que necesita y demanda cultura, pero en un escenario donde la equidad se vaya imponiendo sistemática y sólidamente.

La solidez de la que hablo no es sólo técnica, factor que se está esgrimiendo para validar esta toma de decisión y que vendría siendo el argumento que los redactores de la Ley están dando para justificar la letra chica con que darán aportes a las artes excluidas y la supuesta postura “antidemagógica” de no legislar en pro de la representatividad general, si no existen fondos públicos de respaldo. No entender que tras este bochornoso episodio ha existido un problema comunicacional, es no haber sabido leer mucho de los grandes problemas que últimamente hemos tenido como país.

Una de las personas que trabajó en la redacción de la propuesta de Ley, me hizo notar “lo frustrante que es para ellos el ver que existen opiniones distintas y rechazos, toda vez que trabajaron día a día sin sueldo”. Suma a lo anterior, el “que si se añaden las artes excluidas ello será sin aumento de presupuesto, lo que implicaría precarización para el teatro”. Esgrime además que la ópera tiene bajo alcance público para el presupuesto que actualmente recibe y que eso la descalifica para entrar en el grupo actualmente favorecido. Cuestiona mi fraternidad por opinar de manera distinta.

No pretendo hacer un juicio moral a estas palabras, pero encierran distorsiones conceptuales preocupantes. Si el ánimo del trabajo realizado fue solidario, parece inapropiado sacar a colación la falta de sueldo. Si el fortalecimiento financiero del teatro pasa por excluir a otras artes de representación de la Ley, parece contradictorio con el fundamento mismo del fenómeno teatral. Y si el impacto público de la ópera es condición de su exclusión, el tema debiera ser como se hace innovación y gestión eficiente para sumar audiencia.

Por último, si la real fraternidad, que es una forma de amistad, está condicionada a no enfrentar al amigo con sus errores, hablamos de un mal entendido respecto a las emociones más básicas y un signo de inmadurez contrario al aprendizaje. Vivimos en un mundo que criticamos mucho, pero donde los intereses particulares se suelen poner por sobre los intereses mayores y de los otros. Esta Ley se comenzó a gestar en un escenario distinto al actual y el dinamismo social aconseja hacer las revisiones necesarias y dentro de ellas, es menester cuestionarse sobre nuestra postura democrática, solidaria y por qué no estratégica.

Pretender asegurar ahora, cuando muchos hemos visto la oportunidad de mejora que la Ley merece, que aunque no estén mencionadas explícitamente las artes omitidas, sí tienen participación, se presenta como una acción feble y difícil de sostener. Hace pocos días en Facebook, un joven dirigente sindical del teatro, activo defensor de la propuesta actual y en rigor uno de los posibles encargados de nominar al representante del gremio teatral ante el Consejo Nacional de las Artes Escénicas, escribía a raíz de un nuevo fraude en Carabineros de Chile: “Con todo lo que ha robado Carabineros se financia la Ley de Artes Escénicas con todas sus disciplinas y en todas las regiones por al menos 12 años”. Es decir, se verifica que una de las razones de la exclusión que cuestionamos, sería por razones económicas en pro del beneficio sectorial. Otra ex dirigente gremial, enviaba provocadora y públicamente, el siguiente texto: “para quienes le siguen el juego a la derecha y no entienden el trabajo y los detalles técnicos de la Ley de Artes Escénicas y por qué no se incluye la ópera si no hay incremento importante en el presupuesto…”.

Es decir, reconocía explícitamente y en un tono propio de una lógica revanchista, las razones de la exclusión, fomentando la división gremial y generando animosidades políticas que sabemos hacen daño al cuerpo social y que algunos ya más viejos percibimos como reflejo de irresponsabilidad e inmadurez cívica. Los argumentos expuestos en un artículo de Revista Hiedra, apuntan a validar el carácter participativo (sindical por ejemplo) que dio lugar a la propuesta y con ello hace ver una de las razones por la cual la ópera no está presente. Surge entonces la pregunta, sólo la participación formal, de carácter gremial, es aval para la inclusión explícita en la Ley.

Y continúa, diciendo: “porque no se pretenderá que con el mismo presupuesto que hoy existe para el proyecto de ley, se financie la ópera, ¿no?”. El tono prejuicioso y fuertemente ideológico del artículo, se ratifica en la siguiente afirmación: “Junto con los dos artículos del viernes 15, se publicó una nueva carta al director firmada por cuatro cantantes líricos que insistieron en la idea inicial del ex director designado durante la dictadura de Pinochet, reiterando aquella romanticoide e ingenua idea de que la ópera, es quizás la disciplina artística más completa que ha existido”.

Con todo, la batería intelectual de los defensores de la Ley no ha cesado, una directora de programación teatral, persona muy bien formada académicamente, orgullosa de su participación en la redacción presente, afirma en su blog:
“Así algunos declaran que la única forma de arbitraje posible para terminar el conflicto decretado en una carta en El Mercurio es estar (o no) nombrados en un proyecto de ley, como si esto subsanara en definitiva una problemática para las artes y sus artistas, para los teatros y sus realidades presupuestarias. Pero se equivocan, el problema no está en la nomenclatura ya que éste no descansa, como simplistamente se ha posicionado el debate, en temas de reconocimiento, reivindicaciones o representatividad… Esta es una ley que no está pensada para reivindicaciones, si no para dignificar y dar valor a actividades que son hoy precarias en su materialización, en su realidad creativa de universos muy disímiles, esta es una ley para avanzar en la cultura como un derecho”. Saquen ustedes sus conclusiones.

En el diario El Mostrador, también podemos leer opiniones referentes a la inclusión de la ópera en la Ley: “De aquí en adelante, y dejando de lado las tecnicidades de su inclusión o no en la ley, es importante desgranar todos los otros factores a considerar que cruzan la política y la ideología, porque sí, el arte y la cultura sobretodo es ideológica. Cerca del 90% de la producción operística en Chile está concentrada en el Teatro Municipal de Santiago…sólo el presupuesto del Municipal de Santiago supera en un 25% el presupuesto de la ley de Artes Escénicas (…) esto para ejemplificar que aún así quisiéramos redistribuir regionalmente ese presupuesto para apoyar otras iniciativas que no fueran las del Municipal de Santiago, el presupuesto quedaría corto (…) Lo que creo más importante dilucidar, es que debemos entender de dónde y cómo se genera el revuelo, El Mercurio y Andrés Rodríguez, son representantes de una forma de entender y hacer cultura en nuestro país…que sigue elitizando y capturando la escena de la ópera para muy pocos…”.

Referente a este comentario, decir que concuerdo que la cultura es ideológica, pero haciendo la salvedad de que ello no debe enclaustrarnos en posiciones inamovibles si deseamos lograr soluciones para todos. Es claro que la ópera ha estado al servicio estético de una élite, pero eso no significa que así deba ser por siempre. Los ejemplos mundiales son claros en ese sentido y en nuestro país, lo realizado por los miembros de la Nueva Ópera son signos de una mirada distinta.

Las personas que aspiran a una adhesión total a sus ideas, que monopolizan la verdad, que discriminan y actúan por intereses de poder sectario y prejuicio, las que censuran la voz disidente a través de medios coercitivos, tienen un nombre que no deseamos recordar. Indudablemente puede que la intención de ellas sea la mejor, pero lo que hace la gran diferencia es el “cómo” logramos imponer nuestras ideas. Con pena, vienen a mi mente las palabras del maestro Brecht:
“¡Hombres, no celebréis todavía la derrota de lo que nos dominaba hasta hace poco! Aunque el mundo se alzó y detuvo al bastardo, la perra que lo parió está otra vez en celo”.

Muchas de las nuevas generaciones, ni siquiera saben lo que significa e implica este celo; es más, no imaginan que sus actos pueden expresarlo, es una herencia cultural que tristemente arrastramos como nación y que viene desde hace ya mucho. Eso hace que muchas veces, incluso sin darnos cuenta, en nuestro verbo aparezcan los ladridos de aquella nefasta perra que nos recuerda el citado dramaturgo alemán que creía en la necesidad de pensar. Como decía el viejo Cervantes: “no hay peor ciego que el que no quiere ver”. Somos una sociedad cada vez más acostumbrada a ver “la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio”, mientras obsecuentemente muchos hacen genuflexiones serviles a algún político de turno o a un empresario empoderado, para así obtener la sensación de estar cerca del éxito.

Con preocupación veo cómo estamos incubando y potenciando algunos ejemplos de este celo. Umberto Eco, nos hace ver que debemos tener cuidado cuando avalamos por ejemplo: el culto de la acción por la acción. Lo que en el tema que cuestionamos, implica entender y validar la cultura sólo cuando esta sirve a intereses propios o sectoriales. Nos advierte que el rechazo al pensamiento crítico invalida las distinciones. Hace notar que el miedo a la diferencia, nos lleva a injusticias y abusos. Plantea que hay que neutralizar la envidia y el temor a lo diferente, sentimientos que viven en los retoños de la perra. Hijos contaminados de elitismo, populismo y que parafrasean verdades propias de un reality show pasado de moda.

Galeano, al igual que Saramago, nos decía que el celo del que hablamos, se expresará de ahora en más, de forma distinta a la de antaño. Según esa línea, pienso que en estos tiempos, esta voz vendrá de gente con apariencia común, pero poseedoras de ciertas habilidades comunicacionales y empáticas. La perra se travestirá, adoptará cuanto “ismo” comulgue con la insatisfacción de las clases medias, que son las que tienen más expectativas no cumplidas en un sistema que promete fama, poder, dinero y gloria. La perra está seduciendo y penetrando personas que creen que la canción Bella Ciao nace con Casa de Papel, que se espanta con los niños enjaulados por Trump, pero aplaude las torturas ejercidas al interior de nuestras cárceles.

Gente que se conmueve con el dolor lejano y hace servicio social en África, pero maltrata a los haitianos en nuestras calles o no les paga imposiciones. Personas que van de protesta en protesta, condenan a unos estafadores y abusadores, pero no reconocen a los de su lado. De ellos, los más afortunados –y de manera transversal- se han dejado comprar por el yerno de un dictador; eso hacen, mientras juran defender los intereses de la gente, acumulaban dinero, juegan a la bolsa y venden inmobiliarias. Una nación convertida en un maremágnum de seres de con pánico a la pobreza y por lo mismo capaces de traicionarse a sí mismos y convencidos de que “todo vale” para no perder lo ganado en una orgía delirante y sin límite.

Gente en constante estado de exposición, para ser vistos y estar en el foco mediático, porque lo no se ve no existe y lo que no existe no se vende y sin venta no se obtienen recursos, ni los pequeños poderes que se aspira detentar.

Un número importante de esas personas se dicen demócratas, libre pensadores, algunos se califican de izquierda y catalogan a sus enemigos políticos como fascistas, pero el tiempo nos ha enseñado contundentemente que el fascismo no es solo una idea conservadora y de derecha, sino que es también una concepción de izquierda, aunque los mismos izquierdistas no se hayan enterado. Cómo suena en mi mente esa frase: “En el futuro el fascismo vendrá de los que se dicen antifascistas”.

Pero, volviendo a lo nuestro, de no haber modificaciones, recomiendo que esta iniciativa sea mejor conocida como: “Ley de Fomento de algunas Artes Escénicas”, al menos así será coherente. Se habrá salvado el propósito inicial y con el paso de los meses ya nadie cuestionará nada porque muchos estaremos preocupados de salvar el día y otros de aprovechar oportunidades.

Es muy posible que estas palabras causen molestia y por qué no rabia en más de alguna persona, pero sabemos que ese sentimiento nos cierra y no nos permite fluir, ni reflexionar, ni menos pensar de manera benéfica y generosa.

Finalmente, cual pequeño Tiresias, y de manera si se quiere ingenua, decir que como persona de Teatro: ¡Estoy a favor de los excluidos! Encuentro un insulto, en este caso, que se catalogue a los que opinan distinto como a favor de los intereses de la cultura pinochetista y que han sucumbido a las ideas de la derecha más conservadora y elitista. Como argumento, es sinceramente una vergüenza. Eso se llama menosprecio y encierra matonaje.

Pongamos esfuerzos en pro de una Ley que favorezca los intereses de todos y para todos. Rescatemos lo bueno de la actual iniciativa y mejoremos lo que se requiera. Si ello pasa por incluir a los omitidos, pues bien que se haga, si pasa por no nominar a ninguno y generar un ámbito de representación verdaderamente inclusivo, que se apruebe, si ello es lo mejor.

Luchemos por obtener el presupuesto que realmente se requiere. No defendamos posiciones de manera cerrada. Demos importancia a la cultura, desde un ejercicio ejemplar, donde las divisiones ideológicas y sectoriales, no empobrezcan los macro objetivos. Mostremos al país y a la clase política que mucho cuestionamos, que puede existir una manera de convivir y generar acuerdos sanos, no meramente transaccionales. Revolucionemos los procedimientos y la lógica que nos tienen empantanados, cortemos los árboles que no nos dejan ver el bosque. Fomentemos la creatividad y la innovación que nos puede permitir llegar a más personas y hacer más eficiente la administración de los recursos.

En toda esta iniciativa y discusión han salido emociones fuertes y un tanto melodramáticas. Tal vez todo se produjo por el “mareo” que provoca el presupuesto asignado al Teatro Municipal de Santiago, espacio entendido como elitista y conservador, pero eso no debe ser obstáculo para mirar de manera más amplia y realmente satisfactoria.

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Documentos de tramitación de la ley en este link

*Álvaro Pacull L. es profesor universitario, actor, licenciado en estética, magíster en comunicaciones y diplomado de doctorado en estudios avanzados de literatura española c/m en teoría, historia y práctica del teatro.

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