Sobre rostros actorales, marcas personales e industria de la TV chilena

Por Alvaro Pacull L. (Desde Santiago de Chile). Hace unos pocos días, salió en algunos periódicos de circulación nacional, una noticia en la que se mencionaba que uno de los dos actores mejor pagados del medio chileno, no había renovado su contrato con un canal de televisión abierta. La noticia podría haber pasado desapercibida si no se diera en medio del convulso contexto social que vive nuestro país y que

Por Álvaro Pacull L. (Desde Santiago de Chile)

Hace unos pocos días, salió en algunos periódicos de circulación nacional, una noticia en la que se mencionaba que uno de los dos actores mejor pagados del medio chileno, no había renovado su contrato con un canal de televisión abierta. La noticia podría haber pasado desapercibida si no se diera en medio del convulso contexto social que vive nuestro país y que como sabemos apunta, entre otras cosas, a generar mayor igualdad entre los chilenos. En lo concreto, este “rostro” actoral, decía no estar de acuerdo con la reducción salarial de un 40% de su sueldo que el canal televisivo le proponía para renovar su relación, apelando para eso a la crisis económico-social que vive el país y también la de la propia industria, lo que estaría obligando a realizar ajustes presupuestarios a la baja. No está demás hacer notar que se mencionaba un sueldo inicial equivalente al de los grandes ejecutivos de minería del cobre, el llamado sueldo del país, el que por su impacto entra en el terreno de lo estratégico. Obviamente, la actitud y resolución del interprete dio mucho que hablar y las opiniones se dividieron en los círculos de interés de un medio más bien cercano al mundo del entretenimiento y la farándula.

A raíz de ello, y motivado por intentar comprender el fenómeno, abrí espacio en mis redes sociales para generar un pequeño foro que diera oportunidad para manifestar opiniones al respecto, ello en el ánimo de efectuar una suerte de precaria indagación social. Con qué me encontré, en lo que debo reconocer fue un tamaño de muestra que superó mis expectativas.

Pues bien, el público se dividió entre algunas reacciones viscerales, contrarias a la postura del actor – presumiblemente producto de la desigualdad, precariedad y escasez de oportunidades laborales en el sector- y otras más mesuradas que intentaban comprender y justificar la decisión. He aquí algunos comentarios que me parecieron rescatables y que de cierta manera ayudan a enmarcar este tipo de situaciones dentro de una lógica laboral regulada por los paradigmas socio culturales y legales actuales, donde la emoción se mezcla con la razón.

– “Hay varios aspectos en este tema. Antes el avisaje, en tandas comerciales, tenía una tarifa fija. Luego se empezó a cobrar por punto de rating segmentado. Un spot con mucha audiencia implica grandes ganancias en avisaje. Es factible que el actor en el tapete conviniera un contrato con un sueldo acorde al rating que generan las teleseries donde participa, lo que refleja un manejo de marca más allá de lo tradicional a nivel profesional, lo que implica categoría de «rostro» o de empresa con todas sus letras. En consecuencia, la actitud en discusión representó una apuesta por no depreciar su marca personal y emprendimiento asociado”.

– “Fea la actitud del canal trascender cifras de un negocio privado entre dos empresas que han sido aliados tantos años”.

– “Se debe respetar el ámbito de una negociación privada; por tanto, no debiesen salir a la luz estos detalles”

– “No es el Estado, ni los impuestos de los chilenos, quienes pagan su sueldo”.

– “La industria de TV es miserable. Este actor es hijo del mercado. Hay un hueso quebrado en estas normalidades. Más que su trabajo artístico, que puede ser discutible, la valoración económica de se da por el atractivo que ejerce en una parte de la audiencia femenina ABC1.

– “No está mal ganar plata. El problema es la diferencia de sueldo en su mismo ambiente/ entorno de trabajo (desde la persona que barre, maquilladores, técnicos y actores). La noticia es pilla y nos hace tirar la piedra, pero no se sabe la conversación completa. Si el canal hubiera dicho «vamos a recortar tu 40% para emparejar la cancha.», sería distinto. Pero eso no lo dice. Pero recortar para que se lo quede el canal, en su caso, probablemente también hubiera dicho que no”.

– “Mientras él se niega a ejercer la profesión, otros (como yo) no podemos ejercer, por qué no tenemos el “pituto” y finalmente estamos trabajando en otras cosas… 16 años viví gracias al teatro, a la actuación hasta q se hizo imposible. Hoy estoy en una oficina”.

– “Su sueldo tiene directa relación con el margen de ganancia que la estación televisiva obtiene con su imagen. Si se reduce el margen de ganancia para ser distribuido más equitativamente entre los trabajadores menos favorecidos sería muy distinto el tema. Pero aquí vemos a una empresa queriendo hacer “gestos sociales” que favorecen aún más su ganancia”.

– “Primero que todo, el sueldo se lo pagan las empresas, no nosotros. Segundo: Los canales de TV, ganan mucho dinero con los comerciales que pasan dentro de cada teleserie”.

Con todo, estas opiniones, mediadas por el posible reduccionismo que emana de una intervención inmediata, propia de las redes sociales, pueden darnos algunas pistas que debemos tener en cuenta en este tipo de situaciones.

1.- Al margen del malestar que pueden generar las desigualdades salariales en un medio como el de la T.V., existe conciencia de que los espacios laborales privados, deben estar enmarcados por regulaciones y exigencias distintas a las del ámbito público.

2.- Se perciben las filtraciones a los contratos privados como conductas reñidas con la ética. Ese tipo de acciones, más allá del escándalo son entendidas como una posible estrategia de descrédito con fines intencionados.

3.- Pedir a una “marca actoral” que vaya más allá de la estricta prestación de servicio y la maximización de su ganancia, no es un atributo compartido por todos los públicos de interés. Esto es factor complejo en los tiempos que corren y puede traer consecuencias a nivel reputacional.

4.- No parece prudente, ni oportuno, confundir la naturaleza y la repercusión de los contratos privados con los públicos.

5.- La televisión privada, debe ser entendida como una empresa que busca principalmente viabilidad, sustentabilidad y maximización de utilidades para sus propietarios u accionistas. La relación con sus colaboradores está enmarcada por las leyes del mercado y la consecuente competitividad.

Lo expuesto nos invita a reflexionar y concluir que la categoría de “rostro televisivo actoral” se valora comercialmente por impactos que van más allá del desempeño interpretativo de un rol, aportando al refuerzo de mercadeo de la industria, lo que implica una colaboración estratégica de mutuo y creciente beneficio y por tanto no es adecuado someter el análisis a las mismas categorías de un contrato de prestación de servicio habitual. Junto con lo anterior, se desprende que la categoría de “marca personal”, asociada a fines empresariales, demanda compromisos y negociaciones que potencien un posicionamiento exitoso, lo que exige, hasta ahora, actuar de acuerdo a lógicas exclusivamente comerciales que garanticen la perdurabilidad de la imagen de marca y las posibilidades de negocio asociadas a ella.

Como sabemos, no sólo en nuestro país se viven situaciones de crisis y cambios de paradigmas. En muchos lugares del mundo las visiones de liderazgo, modelos socioculturales, gestión de negocios, “personal branding” y concepción de la empresa, se han visto enfrentadas a choques culturales potentes que están exigiendo cambios de sintonía con una nueva audiencia, siendo esta cada vez más segura de su poder y que desea, por lo demás, dar su adhesión a marcas con sentido y que representen de manera más fiel lo que dicen sentir o creer.

Lo dicho, merece especial atención, ya que en un caso como el analizado, surgen importantes preguntas que la industria de la TV local y sus colaboradores estratégicos, como pueden ser sus rostros, deben tener presentes de cara a los tiempos venideros. Así las cosas, nos hacemos el deber de cuestionar:

¿Puede afectar a una empresa, hacer públicas negociaciones privadas? ¿no repercute ello en la confiabilidad de la organización?

¿En qué medida la marca personal del rostro televisivo puede verse perjudicada, si sus acciones públicas no dialogan con ciertos atributos de identidad valorados actualmente?

¿Pueden las empresas continuar operando modelos de negocio que apunten de manera casi exclusiva a la maximización de utilidades?

¿No sería prudente que las empresas de este ámbito, para su viabilidad, tuvieran conciencia de la necesidad de responder y deberse con mayor fuerza a todos sus stakeholders, incluidos una amplia gama de colaboradores internos, muy precarizados?

Hablamos de una industria que no ha tenido una capacidad diligente de re- inventarse; cuya demanda ha ido a la baja, sometida a competencias de otras plataformas más dinámicas, adaptativas a las características de las nuevas audiencias y de bajo costo operacional, lo que ha repercutido en el menoscabo de los estados financieros y en la sostenibilidad de muchos de sus proyectos generadores de contenido y negocio, dentro de los cuales están las áreas dramáticas que producen telenovelas.

Tal parece que las empresas de T.V. y sus colaboradores estratégicos, dentro de los cuales, como se anticipó, debemos sumar a los “rostros” que cumplen un ineludible papel de “embajadores” de marca, deben dar pasos sostenidos a nuevas concepciones. Dentro de ello, mencionamos algunos referentes teórico- prácticos a contemplar y que demandarán cambios culturales urgentes en dicha industria:

-Migrar del foco exclusivo puesto en el “beneficio” a comprender e instalar el “propósito” de la empresa como eje fundamental, ello porque los beneficios se obtienen a través de la evidencia de buenos propósitos. Relevar el propósito es buen negocio porque éste ejerce compromiso y motivación. Mientras más elevado sea el propósito del canal de T.V., en cuanto a su rol social, más saludable será la empresa y más fuerte su relación con la audiencia y sus colaboradores.

-Más que otras industrias, la T.V. local, por su gran componente creativo y multidisciplinario, debe disminuir el exceso de estatus y de jerarquías, ello no dialoga con los nuevos colaboradores (millenials) y termina siendo un factor de desmotivación perjudicial. Se debe fomentar el trabajo en redes colaborativas entre personas, donde la labor sea compartida y exista un ambiente de responsabilidad conjunta, comunicación expedita y reconocimiento global.

-Como en muchas empresas, el exceso de control y supervisión, puede desmotivar a los colaboradores y hacerlos olvidar el poder vocacional que los impulsó a entrar en la industria. Se debe avanzar a una cultura de feedback positivo que colabore con el empoderamiento del empleado, fomentando en éste aspectos como: autonomía, asunción de responsabilidades e iniciativa, ello porque en la actualidad no es aconsejable que el poder esté sólo arriba, eso finalmente redunda en que la capacidad de la empresa esté limitada. Lo dicho demanda, entre otras cosas, aplanar estructuras, formar personas y cambiar la cultura empresarial en pos de una cultura de desarrollo de personas, basada en el respeto y valoración del otro.

-En una lógica histórica en que a nivel empresarial la planificación ha jugado una importante e ineludible labor para el cumplimiento de metas, pero se debe entender que en la actualidad hay que dar pasos más allá para ser competitivos y responder a los desafíos impuestos por la contemporaneidad. Esto demanda implementación de nuevas ideas, nuevas soluciones e innovación constante, ello para generar estructuras flexibles y dispuestas a escuchar otras voces y pensamientos diferentes que puedan colaborar al desarrollo de una cultura integradora y participativa, donde exista mayor sintonía con el entorno y la capacidad de sorprenderse esté instalada en el ecosistema productivo. Una cultura interna más dada a la experimentación y donde exista espacio a la diversidad. Una cultura empresarial menos dada a soluciones convencionales y emergidas desde las oficinas ocupadas por los expertos o las vacas sagradas que suelen estar demasiado satisfechos y cómodos como para enfrentar escenarios críticos.

-Se debe migrar de la opacidad a la transparencia. La falta de transparencia desmotiva, sienta mantos de dudas y no avala aspectos relacionados con la confianza que es clave para el compromiso de las personas. Cuando, por ejemplo, la información sale a la luz y ésta no da cuenta de meritocracia o igualdad de oportunidades, surge el resentimiento que puede ser muy dañino a nivel laboral. No se debe olvidar que cuando los colaboradores no perciben transparencia, pueden dedicarse a confabular y generar conflictos perjudiciales.

En la actualidad, mientras más claros y transparentes seamos con los sueldos y beneficios; es decir que estos sean públicos y ajustados a las responsabilidades y/u la razón que los justifica, menos ruidos internos y externos tendrá la empresa; sus colaboradores se orientarán a lo que importa, vale decir: al propósito, el proceso, el producto y el cliente.

-Comprender que los valores organizacionales son centrales en lo que la empresa vive y proyecta y que por tanto identificarlos, declararlos, pero por sobre todo gestionarlos para su debida internalización es fundamental en la actualidad. El éxito organizacional se juega en la existencia de valores compartidos entre los colaboradores, los líderes y la empresa.

FIN

Álvaro Pacull L. es profesor universitario, actor, licenciado en estética, magíster en comunicaciones y diplomado de doctorado en estudios avanzados de literatura española c/m en teoría, historia y práctica del teatro.

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