Teatro a mil: una manifestación de la cultura chilena actual

Por Alvaro Pacull L. ( Desde Santiago de Chile). Hay artículos complejos de escribir, porque no dolorosos y riesgosos también. Este no me ha sido fácil, debo reconocerlo, ya que –directa o indirectamente- hacerlo puede incomodar a personas cercanas, algunas apreciadas, con las que uno se topa en la vida personal y profesional.

Por Álvaro Pacull L.(Desde Santiago de Chile)

Hay artículos complejos de escribir, porque no dolorosos y riesgosos también. Este no me ha sido fácil, debo reconocerlo, ya que –directa o indirectamente- hacerlo puede incomodar a personas cercanas, algunas apreciadas, con las que uno se topa en la vida personal y profesional. Desde hace un tiempo, en estas páginas, venimos escribiendo sobre la coherencia entre “palabra y acción” en los agentes culturales chilenos, ello en sus creaciones y espacios laborales, tema que cobra gran importancia conceptual en los momentos críticos del “Chile despertó”, frase, esta última, de gran poder simbólico y que alude al rechazo ciudadano a ciertas acciones sentidas como injustas por parte del poder y perjudiciales para un determinado sector o la mayoría de la población.

La cultura un ámbito humano privilegiado de las artes

En ese sentido, recordar definiciones emblemáticas sobre cultura, resulta no sólo aleccionador, sino orientador para la comprensión de estos fenómenos que nos hablan del significado del quehacer de los grupos humanos en espacios y tiempos determinados.

Para los fines de este artículo, quisiera traer a colación la definición de cultura establecida por Unesco, en la Conferencia Mundial sobre las Políticas Culturales, actividad efectuada en México en 1982, la cual reza:

«la cultura puede considerarse actualmente como el conjunto de los rasgos distintivos, espirituales y materiales, intelectuales y afectivos que caracterizan a una sociedad o un grupo social. Ella engloba, además de las artes y las letras, los modos de vida, los derechos fundamentales al ser humano, los sistemas de valores, las tradiciones y las creencias y que la cultura da al hombre la capacidad de reflexionar sobre sí mismo. Es ella la que hace de nosotros seres específicamente humanos, racionales, críticos y éticamente comprometidos. A través de ella discernimos los valores y efectuamos opciones. A través de ella el hombre se expresa, toma conciencia de sí mismo, se reconoce como un proyecto inacabado, pone en cuestión sus propias realizaciones, busca incansablemente nuevas significaciones, y crea obras que lo trascienden».

En palabras del fallecido jurista y sociólogo catalán, Salvador Giner, la cultura “consiste en contenidos de conocimiento y pautas de conducta que han sido socialmente aprendidos. La cultura, pues, requiere un proceso de aprendizaje, el cual es social, lo que no sólo quiere decir que nace de la interacción humana, sino que la cultura consiste en patrones comunes a una colectividad”. Así pues, la cultura refleja aspectos cognitivos, creencias, valores, normas, signos y expresiones conductuales.

Lo expresado exige entender desde qué lugar han operado las gestiones culturales en el Chile post dictadura, qué paradigmas las han posibilitado, cuáles valores la han sustentado y qué procedimientos les han permitido viabilidad en un escenario social mediado por el liberalismo de mercado, donde el “modelo” ha funcionado como contundente motor de desarrollo, esto bajo la premisa de una captación rápida de oportunidades, imposición de criterios de ventaja competitiva para el logro de viabilidad de proyectos, ganancias, posicionamiento e impacto de servicios y/o productos.

Un modelo darwinista que ha traído grandes éxitos a sus más eficientes cultores y que ha validado procedimientos de gestión audaces y a veces fieros, no exentos de abundantes reparos éticos; algo que pasado el tiempo, nos está dando dolorosa evidencia empírica de que “no todo lo que brilla es oro”.

Esto ha remitido a ciertas representaciones artística, por ejemplo, a artículos de consumo más que a bienes culturales; demandando que los creadores o gestores de dichas manifestaciones, adopten tanto para la fase productiva, como para la distributiva y de venta, principios administrativos y modelos de negocio alineados con lo manifestado.

Huelga decir también que -en ocasiones- las redes de distribución, los organismos de gestión y sus consecuentes modelos de acción operacional administrativa, no expresan coherencia con los “valores” declarados a nivel público en las visiones y misiones con que dichas instituciones y algunos de sus rostros más visibles se presentan en sociedad.

Teatro a Mil: un espacio cultural emblemático

Respecto de lo dicho, creo pertinente abrir un espacio de reflexión sobre algunos aspectos del quehacer de uno de los espacios culturales más emblemáticos y de mayor impacto nacional de las últimas 3 décadas. Hablamos, ni más ni menos, de Santiago a Mil, el cual se presenta en sus plataformas como “el espacio donde todas las miradas y culturas son bienvenidas. Una invitación para vivir momentos únicos, compartir experiencias inolvidables y dialogar a través de múltiples expresiones artísticas”.

Así mismo, su difusión institucional nos dice que “desde 1994, cada mes de enero, la capital y distintas ciudades de Chile se transforman en el escenario perfecto para las artes escénicas y el encuentro con públicos diversos. Durante tres semanas el festival es un espacio privilegiado para la creación contemporánea, que apuesta por la excelencia artística y propuestas de gran relevancia social y política. Cada versión está compuesta por destacados referentes de Chile y el mundo que exploran, rompen límites, cruzan y reactualizan permanentemente el teatro, la danza, la música, la performance, el circo, las artes visuales y el cine, entre otras expresiones provenientes de unos 25 países. Artistas como Pina Bausch, Ariane Mnouchkine, Royal de Luxe, Robert Wilson, Christoph Marthaler, Jan Fabre, Krystian Lupa, Ivo van Hove, Romeo Castellucci, Lemi Ponifasio y Thomas Ostermeier, han participado del festival”.

Santiago a Mil, también rompe las fronteras territoriales, económicas y sociales del país, extendiendo una programación gratuita a unas 20 comunas de la Región Metropolitana y 15 ciudades del país. A lo largo de sus ya 27 años, Santiago a Mil nos ha entregado manifestaciones culturales, ha dado plataforma a 1.065 espectáculos nacionales, 500 espectáculos internacionales y sumado más de 11 millones de espectadores”.

Son, sin duda, acciones y cifras impresionantes que avalan una sólida trayectoria que ha permitido su proyección y el desarrollo de su prestigio. Pero Santiago a Mil, no es sólo cartelera de espectáculos, sino que, al decir de sus directivos, también es un espacio para la reflexión de ideas, la discusión y el diálogo. Una cantera de creatividad; la que, por medio de sus laboratorios escénicos, talleres, conversaciones y workshops, permite interacción a diversos públicos interesados en la experiencia escénica.

Se suma a lo anterior el ser una plataforma de difusión y programación abierta a profesionales del mundo, lo que intenta facilitar circulación e intercambios virtuosos. Todo lo expresado, sin duda, impacta y merece reconocimiento en cuanto a la evidencia de logros y cumplimiento de metas, algo que a los chilenos debe llenarnos de orgullo, sobretodo porque ello es reflejo de un país que se ha caracterizado por sobresalir a nivel cuantitativo respecto a otras naciones latinoamericanas.

Es más, hace pocos días el destacado crítico teatral y ex – académico, Agustín Letelier, publicaba el 12 de enero de 2020, en sección Cultura del diario El Mercurio, que Santiago a Mil era un aporte a nuestros problemas actuales, ello por no renunciar a implementar el festival en momentos de tanta convergencia social, por continuar dando espacio a espectáculos nacionales e internacionales en diversas comunas y regiones del país, los que mayoritariamente apuntan a instalar ideas y valores necesarios de reflexionarse en tiempos de crisis.

Finalmente, Letelier, concluye su homenaje afirmando lo siguiente: “Santiago a Mil no solo no ha suspendido el festival ante el estallido social, actúa con la convicción de que hace un real aporte a la comprensión de los problemas actuales. El arte en todas las épocas ha aportado visiones certeras sobre su tiempo; en sus expresiones mejores, ha mostrado lenguajes e interpretaciones que después se ha visto que eran anticipaciones. En sus actuales formas desestructuradas, fragmentarias y post dramáticas, el teatro viene mostrando desde hace tiempo la crisis actual” (Artes y Letras E3).

Y, para mayor abundancia, continúa don Agustín con su favorable reconocimiento a Santiago a Mil 2020, diciéndonos, en el mismo periódico, que en el actual festival “la mayoría de las obras tuvo relación con el estallido social” y que “la enorme variedad de obras presentadas en Santiago a Mil, muestra que podemos confiar en que aún hay respeto, y que el arte es un lenguaje que se interna en uno, nos afecta, nos cambia y nos abre caminos de comprensión” (El Mercurio, 26 de enero de 2020, Artes y Letras, E5).

La mirada crítica

Opiniones que, por venir de quién vienen, consideramos y tomamos con respeto, pero los que algo entendemos de teatro y lo practicamos en alguna de sus dimensiones, sabemos que este fenómeno cultural y expresivo demanda considerar múltiples factores que exceden la creación artística propiamente tal, manifestada en la pieza dramática y la puesta en escena.

El teatro para ser, requiere mediaciones complejas, las que de manera muy resumida y arbitraria, implican: observación y análisis social; ideación y creación de contenidos socio políticos y culturales previos a la expresión artística definitiva y como no elementos de gestión distributiva; administración financiera e implemento de producción; programación coherente y sinérgica con los públicos destinatarios; levantamiento y administración de fondos; generación de alianzas comerciales, educacionales y sociales; formación de audiencias, entre otros.

Todas importantes condiciones para la materialización de lo finalmente vemos sobre un escenario y que en su conjunto son reflejo integral de un ecosistema integrado que refleja la “cultura” en su dimensión más amplia y compleja.

La ya clásica visión del maestro Lucien Goldman, manifestada en su teoría del estructuralismo genético, nos orienta al respecto, diciéndonos que las manifestaciones artísticas, responden, tanto para su ideación, creación y distribución a factores sociales, filosóficos, psicológicos, estéticos e ideológicos, provenientes de quienes participan del citado fenómeno; lo que sin duda no sólo debe considerar a los representantes artísticos, sobre todo si nuestro deseo es plasmar en la audiencia coherencia y sinergia con el relato global, ello en pos de credibilidad y confianza.

Esto, es algo de suma importancia en los tiempos que corren, donde las audiencias demandan participación y sólo adhieren a las causas cuando la brecha simbólica entre “lo que se hace” y “cómo se hace” resulta baja o inexistente. Lo descrito es algo que se ha ido considerando y sumando en el branding y la comunicación estratégica, ello intentando lograr mayor sintonía con sectores de la población más proclives a la transparencia y la responsabilidad social, por ejemplo.

Lo dicho, debe llevarnos a entender que los valores no deben desatenderse y que su gestión se está tornando imprescindible para garantizar la viabilidad y la sana sostenibilidad de los proyectos.

Pero vamos al grano, la información oficial nos dice que: “el Festival Internacional Santiago a Mil es organizado por Fundación Teatro a Mil, y presentado junto a Escondida/BHP. Cuenta con el apoyo del Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio. Un modelo de gestión que es posible también gracias al trabajo de cooperación en red, que cuenta con la colaboración de instituciones públicas, empresas privadas, organismos internacionales, salas de teatro, artistas, medios de comunicación y proveedores”.

Hablamos de un modelo de gestión, que como hemos dicho, ha dado muestras de resultados sobresalientes en sus dimensiones más concretas y visibles, pero que estimamos puede tener espacios de mejora en otros planos. En esa línea, hacemos ver que no son pocas las percepciones negativas existentes en algunos grupos de interés con respecto a ESCONDIDA/BHP, una de las principales empresas colaboradoras de esta iniciativa cultural.

El deterioro masivo de confianza frente a este tipo de empresas es contundente, existiendo cuestionamientos de naturaleza ética y medioambiental. Esto es algo que requiere un profundo análisis por parte de los directivos de esta fundación teatral, exigiéndoles una mirada que vaya más allá del evidente y necesario logro del financiamiento para la realización de actividades y la continuidad de operación.

La misma Fundación Teatro a Mil, cuyo directorio está conformado por relevantes representantes del mundo teatral nacional, cuenta en su presidencia con la muy apreciada actriz Delfina Guzmán, la que triste y penosamente se vio involucrada, hace un tiempo, en la promoción publicitaria de las AFPs, sistema muy cuestionado en los tiempos que corren por el perjuicio que éste ha traído a millones de chilenos que no alcanzan a recibir fondos de pensión adecuados para vivir su ancianidad con mínima dignidad.

El mismo vicepresidente de la fundación, el conocido actor Francisco Reyes, persona con nutrida figuración en causas públicas de carácter social y ecológicas, es el esposo de la Directora General del Festival, lo que expresa situaciones que pueden ser vistas como delicadas y cercanas al criticado nepotismo, tan perjudicial para el logro de la trasparencia y la confianza pública.

En fin, situaciones que de cara a las transformaciones socioculturales que vive Chile, requieren al menos una mirada autocrítica por parte de una organización de naturaleza compleja como esta, la que como sabemos cuenta, por lo demás, con un grupo importante de colaboradores (consejo artístico; jurados; equipos de programación, circulación, comunicación, contenidos, producción, educación, proyección, gestión y administración y finanzas, entre otros), los que no estarían sopesando el impacto individual y organizacional de este tipo de situaciones, algo que en estos tiempos puede terminar repercutiendo negativamente y comprometer la credibilidad del proyecto y de sus involucrados, tal como ya ha ocurrido en otras áreas o industrias del país.

Pero lo mencionado, quedaría aún como una capa superficial, sino escucháramos además la voz de algunas personas comunes y profesionales del medio, los que a través de las redes sociales, conversaciones personales y entrevistas telefónicas, se animaron a participar en un espacio de opinión propiciado para estos fines por quién escribe, el que se estima valioso y pertinente de traer a colación de manera resumida.

Voces disidentes

Así, Santiago a Mil, es percibido a partir de ciertas, y no pocas, voces disidentes como:

– Una entidad de élite, ello, entre otras cosas, porque el valor de algunas entradas a espectáculos en sala es muy elevado, lo cual segmenta la oferta y se termina señalando lo que algunos pueden ver según su capacidad de pago. Recordemos que los espectáculos callejeros, de naturaleza y calidad dispar, no tienen costo.

– Discriminatorio, en cuanto a la publicidad de los espectáculos nacionales, sobre todo de compañías pequeñas y sin rostros conocidos y no relacionados con círculos privilegiados de influencia cultural y o mediatica.

– Inconsistente, al brindar apoyos materiales y de gestión precarios para ciertos espectáculos nacionales.

– Proclive a favoritismos de selección, los que al parecer no responderían siempre a aspectos exclusivamente meritocráticos.

– Abusivo, en relación a la ausencia de remuneraciones o incentivos poco significativos para colaboraciones laborales eventuales que implican gran compromiso y demanda de tiempo.

– Orientados a favorecer desmedidamente a las compañías extrajeras en términos económicos y condiciones que incluyen traslado y permanencia muy ventajosa respecto a sus pares nacionales.

– Opaca en lo que se comunica a visitantes internacionales (creadores y productores), respecto a la diferencia de condiciones recibidas por ellos frente a los intérpretes y compañías locales.

– Intolerante a las críticas y quejas de colaboradores o elencos nacionales que manifiestan opiniones contrarias a la gestión desarrollada, la que según se afirma implica menoscabos o tratos desiguales e indignidades.

– Privilegiado, por recibir asignaciones gubernamentales directas y aportes elevados de empresas privadas, ello en un escenario general muy complejo y precarizado, mediado por la competencia por fondos concursable para amplios sectores de las Artes Escénicas y las relaciones públicas sustentadas en aparatos de comunicación y redes de privilegio; situación, esta última, que representa desigualdad competitiva para muchas personas y entidades.

– Poco equitativa y ventajista, ello por obligar a las compañías a contratar a la organización los insumos técnicos, graderías y maquinaria teatral que requieren los montajes; ello a precios establecidos por la organización y no negociables.

– Centralista, en cuanto a gestión, lo que dificulta relaciones equitativas y transversales con las regiones, a las que se pide aportes económicos desmedidos para llevarles espectáculos desde Santiago. Aportes que, por lo demás, pueden llegar a representar en ocasiones hasta un cuarto del presupuesto anual que los centros culturales barajan para su desempeño.

— Monopolicé en la distribución de espectáculos destinados a las regiones. Desde Santiago se ofertan algunas obras y no se permitiría selección de alternativas. A lo que hay que sumar los costosos precios que FITAM pide por cada obra y que terminan resultando más elevados que si los mismos centros culturales regionales las adquirieran directamente a las compañías a precio de mercado.

– Negativa, lamentablemente (esto da pudor retransmitirlo), respecto a los cargos directivos del evento, los que son vistos por muchos actores del ecosistema como personas hábiles para gestionar redes y a las que reconocen el importante papel de poner el teatro en un sitial público importante, pero muy orientados al logro de objetivos particulares que dan pie para discusión y cuestionamientos éticos.

– Doble estándar. Mucha de la gratuidad de la oferta al público, sobre todo a nivel regional, implica pagos abultados a FITAM por parte de los centros culturales y/u organizaciones que hacen posible el traslado y la difusión de los espectáculos. Situación que finalmente tiende a favorecer en términos económicos, de imagen y de posicionamiento a FITAM.

Sobre lo señalado, es preciso aclarar que el grueso de estas opiniones negativas provino de representantes del mundo teatral y de la danza, así como de productores de terreno y gestores culturales regionales. Sin embargo, se pudo constatar que también existieron opiniones favorables provenientes de personas ajenas al mundo del espectáculo, las que destacaron positivamente instancias como: diálogos y coloquios, entre otras actividades de extensión que permitieron cruces virtuosos entre el mundo del espectáculo, sus representantes más destacados y el público general, todo ello, y como se dijo, bajo un modelo de colaboración y gestión que sumaba el apoyo de empresas privadas.

Desde luego, lo percibido por estas personas, a las que agradezco su participación y a las cuales respeto su solicitud de anonimato, requiere ser complementado con antecedentes que respondan a una metodología responsable y seria que valide estas delicadas percepciones. No se debe olvidar que estas opiniones provienen de experiencias particulares de orden negativo y que por ello están cargadas de emocionalidad (rabia y dolor). De no validarse eficientemente lo señalado, podríamos estar perjudicando innecesariamente a la entidad que exponemos. Comprobar lo citado, debiera ser parte de una investigación periodística, por ejemplo, o de una consultoría contundente, tendiente a realizar un diagnóstico imparcial, algo que excede con creces las modestas posibilidades de este articulista.

Con todo, los principales interesados en constatar la veracidad de estas negativas percepciones debieran ser los directivos de Fundación Teatro a Mil, ello de cara a contar con insumos potentes y confiables que les permitan reconocimiento y posibiliten necesarias acciones para su mejora continua, esto en un marco que requiere absoluta trasparencia, tanto por los imperativos éticos que debieran ser contemplados, como por las condiciones y/o exigencias que implica, entre otras cosas, recibir fondos públicos, como es el caso.

En este sentido, el teatro mismo, de la mano de Shakespeare, en su Enrique V, nos recomienda la importancia de generar buenas estrategias, las que deben contemplar previamente una rigurosa observación y una eficaz capacidad de escucha, para así enfrentar de manera positiva y convocante los tiempos y las batallas complejas.

Lo peor que podría hacer esta organización sería no considerar las citadas percepciones, desestimándolas por provenir que quienes vienen o invalidarlas catalogándolas de mero chisme. No hay que olvidar, tal como se expresa en el dicho de nuestra cultura popular: “cuando el río suena es porque piedras lleva”.

Al contrario de lo que la suspicacia de algunos lectores pueda hacerles inferir, es importante aclarar que el ánimo de este artículo es de orden positivo y constructivo; pero para que dichos conceptos sean factibles, se torna imperioso que FITAM esté dispuesta o más bien abierta, a querer saber “cómo puede estar siendo percibida su gestión por una parte significativa de sus stakeholders” y que ello la induzca a hacerse cargo de lo que podrían ser sus posibles errores, los que hasta ahora pueden ser salvables. Errores que, de existir, demandarán -por cierto- urgentes modificaciones de gestión y estrategia.

La vuelta a los principios fundacionales FITAM

Lo reseñado, implica asumir -a nivel general- que el futuro de las empresas, como también de las organizaciones y/o fundaciones como la señalada, deberá ser: orientarse a generar valor amplio y que sobrepase las metas específicas.

Implica también, repensar y revisar los valores y los propósitos fundacionales que inspiraron el proyecto y como no, adecuarse ágilmente a los paradigmas que legitiman lo operacional y que como ya se anticipó, han venido cambiando de manera dinámica.

Para una organización como FITAM, no deben ser inocuos los indicadores que nos señalan la urgencia de cambios procedimentales y actitudinales a nivel país y que de no darse afectarán y comprometerán el futuro. Así, comprender que un 38% (dato: 4/10/19, encuesta Ipsos) de los chilenos cree que los directores de grandes empresas dicen la verdad al momento de realizar declaraciones públicas sobre su organización o industria, debe hacer reflexionar y reaccionar a los aludidos.

De la misma manera, asumir que la reputación corporativa se encuentra en su peor año (2019), situándose definitivamente a la baja, no es un aspecto menor.

Como complemento a lo dicho, La Tercera, del 26 de enero de 2020, en sus páginas 12 y 13, publicaba: “La crisis social fue la gota que derramó el vaso de la mala percepción reputacional, sobre todo en los sectores y compañías relacionados con las causas ciudadana”. En ese mismo artículo, Diego Fuentes (CEO de INC, Inteligencia reputacional), afirmó: “No habrá organizaciones, ni líderes sostenibles en el tiempo sino son capaces de transformarse en un ejemplo de cómo se hacen las cosas”.

El futuro que enfrentamos nos obliga a entender que las empresas y organizaciones de alto impacto, deben ser sustentables en términos económicos, éticos, sociales y medioambientales; deben resultar atractivas para trabajar, inclusivas y diversas, capaces de gestionar el talento; deben resguardar su reputación, probidad, integridad y coherencia en un medio mucho más atento y sensible a conductas reñidas con la ética y con lo socialmente aceptado; deben asegurar una buena calidad de vida y de ambientes laborales en un contexto de mayor diversidad entre los trabajadores; y deben desarrollar la creatividad e innovación para mantener sus niveles de eficiencia y/o competitividad.

Son, sin duda, desafíos mayores y es por esto que no podemos dejar de invitar a esta emblemática organización a no descuidar su patrimonio de imagen y de logros alcanzados. El desafío debiera ser entonces, asumir que los valores son relevantes y comprender que el “valor de valores” es la confianza y que ésta se construye a través de la coherencia y la consistencia.

A nivel de gestión, me nace decir que el éxito futuro de FITAM, podría estar en ecualizar los tres ejes de valores que garantizan armonía organizacional, posicionamiento, viabilidad y proyección; ejes presentes en el “Modelo Triaxial de Valores”, desarrollado por el prestigioso autor y doctor en Gestión de Recursos Humanos, Simon Dolan y que damos a conocer parcialmente:

Valores Ético/Sociales: aquellos a los que en nuestra cultura asociamos por “valores”. Nos conectan con nuestro entorno, nos orientan a decidir lo que está bien y lo que está mal, y nos dan unas pautas de comportamiento ante los otros.

Valores Económico/Pragmáticos: aquellos que nos orientan al cumplimiento de nuestras metas y objetivos a través de una conexión con la tarea, con el hacer.

Valores Creativos/Emocionales/Desarrollo: aquellos que nos conectan con nuestras emociones y desarrollo y, en consecuencia, con nuestro interior.

Considerar esto es fundamental para conducir proyectos, generar modelos de negocio, relaciones socio- laborales virtuosas y difundir productos y servicios con una identidad incuestionable que comunique valores compartidos, transparencia, respetabilidad, honestidad y cuidado hacia los demás; aspectos altamente valorados por los ciudadanos chilenos actualmente.

No debemos ignorar que lo que se “muestra” materialmente (en este caso, las acciones artísticas) siempre debe ser el resultado de lo que creemos, sentimos, comunicamos y difundimos honestamente.

Tal como nos dice Yuval Noah Harari, historiador y autor de 21 lecciones para el siglo XXI, es fundamental -en estos momentos- enfrentar el trabajo de manera responsable y eso pasa por entender que los logros no son gracias a uno, sino que dependen del compromiso, el esfuerzo y la credibilidad que los otros ponen en uno; esto para el logro de un “trabajo bien hecho” en el amplio sentido “cultural” del término. En esto, debiera, en definitiva, radicar el verdadero “poder de actuar”.

Finalmente, recordar que este año 2020 Teatro a Mil terminó el pasado día 26 de enero. Su oferta artística y la experiencia de sus usuarios, con seguridad tendrá miradas positivas, neutras y negativas; algunas personas quedarán satisfechas y otras con expectativas no cumplidas, algo normal en este tipo de eventos. Unos sacarán cuentas alegres y otros más cautos se detendrán a evaluar el resultado.

Sobre ello y aparte de lo expresado en las letras precedentes que apuntan a la gestión organizacional y proyección de marca principalmente, no está de más traer a colación que a nivel de impacto la edición 2020, tuvo una considerable baja de público (190.000 espectadores contra 300.000 del 2019), situación que podría explicarse entre otras cosas por la naturaleza de la programación exhibida, modificaciones horarias producto de la contingencia social, readecuaciones de programación por la inasistencia de obras extrajeras, problemas técnicos no menores (Bárbara Castro; El Mercurio, 27 de enero, de 2020, Sección: Espectáculos).

El principal acierto de esta edición de Santiago a Mil, según Pedro Labra Herrera, periodista y comentarista de espectáculos escénicos, fue: “la prontitud y sagacidad con que se adaptó a la crisis social que estallo el 18 de octubre. Sin dejarse amilanar por la deserción de seis espectáculos foráneos ya anunciados, borró cualquier mención del término “festival” pues no había nada que celebrar; puso el foco de la oferta en los temas en discusión; incrementó el volumen de funciones gratuitas en comunes y regiones; y estableció un área de cabildos y encuentros para abrir el diálogo colectivo en torno a la cultura y la contingencia” (El Mercurio, 27 enero 2020, página C10).

Labra continúa su análisis de 27 de enero, haciéndonos ver que éste es un festival de artes escénicas y que por diversas razones las estrellas y los grandes espectáculos nuevamente brillaron por su ausencia. Las promesas artísticas de esta edición terminaron por desinflarse, redundando en que la franja internacional no alcanzó un buen promedio. Hubo, desde luego, sorpresas y hallazgos a nivel internacional, pero el resumen fue demasiado sobrio, lo que finalmente no logró despertar mayor entusiasmo en el público asistente.

A nivel local, cabe decirlo, destacaron algunos reestrenos llamativos, algunos de los cuales se percibieron adecuadamente logrados. Pero el resumen general del festival no es lo alentador que pudo llegar a ser en el pasado. Las opiniones del público y de conocedores teatrales, hicieron notar que muchas propuestas tenían una extensión excesiva e inútil, ello más problemas técnicos que dificultaron la recepción (sistema de subtitulado de las obras que así lo requerían).

Lo más destacable, fueron las acciones de la línea curatorial, conocida como Fabrica de Creación, que promueve la coproducción internacional (en esta versión con dispares resultados) y que puede tender -en el futuro- a positivos y beneficiosos resultados.

En fin, lo citado –nada muy alentador- claramente debiera invitar a los gestores responsables de FITAM, a preguntarse las posibles razones de esta evidencia e intentar indagar si estos resultados pueden estar influidos por: asignaciones presupuestarias distintas a las aplicadas en versiones anteriores, una disminución creativa global, un sistema curatorial con oportunidades de mejora o porque no – lisa y llanamente- plantearse -aunque duela- si el festival dejó de representar el valor que pudo tener en el pasado.

Lo dicho amerita hacerse preguntas que “sirvan”, las que deben estar teñidas por la lógica del “pensamiento productivo”, propiciada por el emérito profesor Tim Hurson, autor que sinceramente recomiendo leer. Siempre es bueno abrirnos a otras áreas del conocimiento, especialmente en tiempos donde la “multidisciplina” ha cobrado vital importancia.

Con mucho respeto, como no recordar que a los poderosos (y FITAM lo es, tanto por su influencia en el mundo cultural nacional, su presencia en medios, las amplias y diversas redes que dispone y los recursos económicos que maneja), les viene muy bien escuchar y “ver” lo que los demás piensan de ella, sobre todo cuando esto proviene de los más modestos. Dejo sonando las palabras del viejo y ciego adivino Tiresias diciendo al Rey Edipo: «Yo te hago saber, pues me motejas de ciego, que tú sí ves mucho, pero no ves ni en qué males estás, ni dónde habitas, ni con quiénes vives».

Es de esperar que tengamos Teatro a Mil por muchos años más. Ojalá que estas palabras y sugerencias sean bien recibidas y ayuden a garantizarlo. Esperando no ofender y por el bien del país, la audiencia, los artistas escénicos y los distintos trabajadores y profesionales que hacen posible esta iniciativa, este proyecto merece continuar, prosperar e impactar integralmente mucho más allá de los parámetros actuales.

FIN

Imagen destacada: página Web fundacionteatroamil.cl

Álvaro Pacull L. es profesor universitario, actor, licenciado en estética, magíster en comunicaciones y diplomado de doctorado en estudios avanzados de literatura española c/m en teoría, historia y práctica del teatro.

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