Escritos de pandemia: Cultura y valores

Por Alvaro Pacull L. (Desde Santiago de Chile) Recientemente, el New York Times publicaba: “Estamos cansados. ¿A dónde se fueron el optimismo, el compromiso y las promesas de las primeras semanas del encierro? Desde la ventana vimos cómo las calles se quedaron vacías… Hemos visto el cambio de las estaciones: el sol de Buenos Aires cedió el paso al gris otoño, en Lima la luz blanca y templada de finales del verano se ha vuelto una nube plomiza, húmeda y fría, mientras que en Ciudad de México

Por Alvaro Pacull L. (Desde Santiago de Chile)

(Reflexiones de un hombre de Teatro)

Recientemente, el New York Times publicaba: “Estamos cansados. ¿A dónde se fueron el optimismo, el compromiso y las promesas de las primeras semanas del encierro? Desde la ventana vimos cómo las calles se quedaron vacías… Hemos visto el cambio de las estaciones: el sol de Buenos Aires cedió el paso al gris otoño, en Lima la luz blanca y templada de finales del verano se ha vuelto una nube plomiza, húmeda y fría, mientras que en Ciudad de México las jacarandas florecieron y ya perdieron sus pétalos mientras estábamos adentro” (NYTimes.com/es June 26, 2020)

Chile, el país emblema de la modernidad de Latinoamérica, cayó hecho trizas. Su afamado y publicitado modelo económicosocial no tuvo la capacidad de resistir ocho semanas y la pobreza emergió con todo el dolor y las nefastas consecuencias esperables. Los reyes del mercadeo, que pudieron convencer a los grandes inversionistas de que este país estaba equivocado en el mapa, quedaron en evidencia. Pero, como sabemos, ello ya venía haciéndose notar desde octubre, cuando gran parte de la ciudadanía manifestó malestar rotundo hacia sus autoridades, haciéndoles saber que ya no confiaba en ellas y que la necesidad de reformas se hacía inminente.

Los grupos de poder económico y político se mostraron sorprendidos y expresaron que “no vieron venir” el estallido social y la rabia acumulada por los sectores populares y por una proporción importante de una clase media emergente, cargada de deudas y expectativas insatisfechas, por cierto.

Una vez llegado el COVID-19, la pandemia ofreció una inmejorable oportunidad política al Gobierno de Chile para intentar recuperar las confianzas perdidas a través de una “buena gestión” de la emergencia. Esto permitiría demostrar que ellos, y sólo ellos, eran quienes podían hacerse cargo de los destinos de la nación; lo que, como sabemos, no ocurrió. Según recientes encuestas, la imagen relacionada con “capacidad de gestión” del presidente ha mejorado algunos puntos, pero una contundente evidencia demuestra que fracasaron en controlar el avance de la epidemia y las dolorosas implicaciones que ello conlleva. El daño no solamente se ha centrado en la salubridad pública, sino que, por razones obvias, la toma de decisiones gubernamental tuvo consecuencias en el empleo, la seguridad social y la productividad, golpeando de manera durísima a la otrora aplaudida y admirada economía regional.

Quién lo diría, los autoproclamados líderes de las finanzas y de la administración terminaron por llevarnos a un escenario tremendamente complejo, postergando, quizás por decenios, el tan voceado sueño de entrar al club de las naciones del primer mundo.

A la bochornosa lista de errores actitudinales y comunicacionales que gatillaron el malestar ciudadano de octubre, lamentablemente en estos meses de
pandemia debemos sumar otros. Pero hubo uno que, a mi juicio, marcó un punto de inflexión. El renunciado ministro Mañalich, personero a cargo del Ministerio de Salud y figura cercana al presidente de la República, reconocía hace unas semanas que “no tenía conocimiento” del grado de pobreza y hacinamiento en el que viven amplios sectores de la población en la Región Metropolitana, la más afectada del país en la actual crisis sanitaria. Es decir, el encargado de elaborar la estrategia para combatir un mal mayor, adujo desconocer el contexto en el que vivían las personas hacia quienes sus acciones iban dirigidas. Esto sin duda deterioró aún más la confianza pública, generando incluso percepciones dañinas a la gobernabilidad.

Refrendan esta opinión datos concretos como que un 72% de los chilenos cree que el gobierno sirve a los intereses de una minoría y sólo el 42% considera que Chile es democrático (Índice de Percepción de la Democracia 2020)

En este desilusionante panorama, Chile es el segundo país del mundo en que sus ciudadanos creen que su gobierno no ha manejado bien la actual crisis sanitaria; la gente se agotó y es crítica con un gobierno que no ha estado a la altura de lo que una democracia real debiera hacer para ayudar a sus ciudadanos en momentos como los actuales. Todo lleva a pensar que el malestar volverá con idéntica o mayor fuerza, una vez superada esta pandemia.

Lo dicho invita a una reflexión profunda que debe contemplar variados ámbitos, dentro de los cuales la cultura debe tener un importante papel, en tanto “conjunto de los rasgos distintivos, espirituales y materiales, intelectuales y afectivos que caracterizan una sociedad o un grupo social. Ella engloba, además de las artes y las letras, los modos de vida, los derechos fundamentales al ser humano, los sistemas de valores, las tradiciones y las creencias”. (UNESCO)

Álvaro Pacull L. es profesor universitario, actor, licenciado en estética, magíster en comunicaciones y diplomado de doctorado en estudios avanzados de literatura española c/m en teoría, historia y práctica del teatro.

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