Escritos de pandemia: La (gran) batalla cultural de Chile

Por Alvaro Pacull L. (Desde Santiago de Chile)Estos meses de encierro, aparte de las actividades laborales telemáticas, las conversaciones y la cotidianidad de la vida familiar, han representado para quién escribe una oportunidad para leer y revisitar algunos textos referenciales, dentro de los cuales destaco “Ideas y creencias”, del filósofo español José Ortega y Gasset. En dicho escrito, el autor nos aclara que los seres humanos operamos en el terreno de las convicciones, no siempre conscientes con las que contamos, y que nos permiten actuar y manejarnos en el mundo. Saber cómo es ese mundo, qué cosas hay en él y cómo se comportan, es entonces vital.

Por Alvaro Pacull L. (Desde Santiago de Chile)

(Reflexiones de un hombre de Teatro)

Estos meses de encierro, aparte de las actividades laborales telemáticas, las conversaciones y la cotidianidad de la vida familiar, han representado para quién escribe una oportunidad para leer y revisitar algunos textos referenciales, dentro de los cuales destaco “Ideas y creencias”, del filósofo español José Ortega y Gasset. En dicho escrito, el autor nos aclara que los seres humanos operamos en el terreno de las convicciones, no siempre conscientes con las que contamos, y que nos permiten actuar y manejarnos en el mundo. Saber cómo es ese mundo, qué cosas hay en él y cómo se comportan, es entonces vital.

El autor distingue dos tipos de convicciones o pensamientos: las ideas y las creencias. Llama ideas a los pensamientos que se nos ocurren acerca de la realidad, a las descripciones explícitas que podemos examinar y valorar: las sentimos como obras nuestras y como el resultado de nuestro pensar. Se incluyen en este grupo desde los pensamientos vulgares hasta las proposiciones más obtusas de la ciencia. Pero las convicciones a las que Ortega y Gasset da más importancia son las creencias, porque están dentro de nosotros, nos definen, nos constituyen. Así “las ideas se tienen y las creencias se viven”.

Lo dicho no es menor en el contexto socio cultural de la sociedad chilena y puede explicar muchos de los comportamientos de sus miembros y, cómo no, la toma de decisiones de los líderes y también el tipo de acciones implicadas. Y es que “no ver” lo que afecta o mueve a la ciudadanía de a pie puede responder a creencias muy arraigadas y, por tanto, a valoraciones primitivas que representan discriminación selectiva en pos de la protección personal o tribal.

Muchas de las ideas implementadas por las élites chilenas, dentro de las cuales está el actual gobierno, son fruto de convicciones alejadas de los tiempos que corren y contemplan prejuicios que median desfavorablemente en acciones que no logran valoración, impacto, ni reconocimiento. Vemos que mucho de lo presente en el cuerpo de creencias del poder incide en ideas que se desvirtúan en el proceso, alejándose del propósito movilizador que debiera animarlas. Presenciamos la inexistencia de una cultura común, así como la falta de valores compartidos.

Que el presidente de la República, por ejemplo, no reconozca o no entienda la ofensa de cenar en un restaurant en pleno estallido social, de sacarse una fotografía en una Plaza Italia vacía –cuando el estado de emergencia impide a los ciudadanos estar allí–, de ejercer acciones contrarias a los protocolos sanitarios en el funeral de su tío o de gastar cuantiosas sumas de dinero en comidas palaciegas –cuando muchos ciudadanos no pueden llevar alimento a sus mesas–; es tal vez lo más burdo de lo presenciado y nos permite constatar carencia de empatía y de respeto por la base de la pirámide.

Muchas de las actuales discusiones sociales –sobre cómo enfrentar estos duros días de pandemia, qué beneficios otorgar, qué ayudas brindar, qué leyes impulsar, etcétera– pueden relacionarse con lo previamente planteado. Esta falta de conexión, donde sólo se ve lo que se quiere ver, influye en la generación de percepciones negativas por una población que se siente abusada y ve que unos pocos tienen privilegios históricos y otros no logran salvar el día. Así no puede haber un proyecto común.

El precario equilibrio social que operó estos últimos treinta años (tiempo que debemos catalogar como de modernización, creciente desarrollo macro-económico y prosperidad dispar) pareciera estar a punto de llegar a su fin. Ya no se puede meter más basura bajo la alfombra.

No parece temerario afirmar que quienes apuestan por que pasada la pandemia todo vuelva a un estadio social previo al 18 de octubre pertenecen a sectores que, al igual que personajes chejovianos, intentan detener un cambio inminente. Hay que reconocer que en estos momentos de ansiedad han surgido voces extremas que no están dispuestas a entregar su oreja con facilidad y que abogan por imponer y rigidizar creencias que avalan la mantención del status quo, pero también hemos visto que existe una mayoría ciudadana que entiende la necesaria renovación de paradigmas en pos de un proyecto colectivo en el que quepan todos, con igualdad de oportunidades y mayor dignidad. Y es que, tal como nos recuerda el periodista Daniel Matamala, en su columna ¿Cuál democracia? (La Tercera, 28 de junio, 2020), los chilenos “creen firmemente que ese desencanto (el que padecen) se soluciona con más democracia, no con menos”, lo que sin duda puede ser esperanzador, ya que ello estaría dando lugar a la reinstalación de una cultura que parecía extraviada; la de solucionar los problemas y construir futuro de manera política y colectiva.

La (gran) batalla cultural de Chile es la del individuo competitivo y consumidor contra el ciudadano en plena conciencia de su ser personal y colectivo. Esa es la madre de las batallas, allí se juega el futuro de la patria, como de las diversas identidades y nacionalidades que nos constituyen.

Preclaramente, Jorge Baradit nos hace ver en su “Rebelión” que la gran mayoría de los chilenos ha estado viviendo en un extraño marco de creencia que no son suyas, sino de grupos minoritarios, donde nuestra tendencia ancestral a lo comunitario choca con un modelo individualista que nos es ajeno, nos estresa y siempre nos mantiene en duda. Hemos padecido un “engendro de ingenieros que quisieron convertir a Chile en otra cosa”.

Estos experimentos no resultan, no se puede imponer el ser, ello está condenado al fracaso; al final, el peso culposo de la traición sale a flote. La manipulación que emana del poder se termina condenando, así como los malinchismos. El llamado de la tribu, de la verdadera, la que duele negar, es más fuerte y el sol no se puede seguir tapando con la mano. En los ochenta y los noventa campearon las ofertas de tintura rubia para el cabello en sectores populares, ahora lo indígena se entrona con potencia y dignidad; la imagen del hombre de campo ha mutado, generándose diferencias valorativas entre el dueño de la hacienda y el modesto agricultor. Cada vez la conciencia y valoración de lo que se es y quiere ser cobra mayor importancia, por sobre modelos impuestos que te dicen lo que debes o debieras ser.

La misma idea de familia -tan importante en Chile- ha cambiado y dado espacio a realidades antes ocultas. A la luz de la visión actual, la idea de auto promoverse con un iceberg para comunicar que éramos un país distinto, frío, europeo del norte, parece ridícula e inútil. Somos lo que somos y desde allí debemos presentarnos. Si lo ponemos en ese lenguaje técnico-empresarial, ese que tanto gusta en ciertos espacios, debemos trabajar por desarrollar un marco de cultura organizacional que permita sostenibilidad y relaciones armoniosas y productivas. Lo dicho requerirá capacidad de escuchar y reconocer, libertad para proponer y opinar. El respeto a la diferencia y la valoración por la argumentación sólida tendrán que ser el eje de nuestra convivencia futura. Si no queremos seguir pateando la pelota, posponiendo reformas urgentes, tendremos que poner, sin letra chica, a las personas en el centro.

Al igual que muchas organizaciones, los países se distinguen de manera positiva cuando han logrado consenso cultural, lo que se traduce en un sistema dinámico operativo que impulse, motive y llene de orgullo a sus ciudadanos. Estas son creencias, valores y prácticas compartidas, las que, para fines globales, orientan y proyectan las actividades humanas en pos de objetivos relevantes para la comunidad.

No debemos olvidar que el patrimonio y el activo más significativo de las naciones es su gente. Por lo mismo, es tiempo de que todos reconozcamos nuestras oportunidades de mejora hacia los demás. Enfrentamos un momento histórico en el que con rigor debemos estudiar sin amarras nuestro contexto, tenemos que observar eficiente y responsablemente, para luego pensar y actuar motivados en el bien común y en la que deseamos conjuntamente sea nuestro futuro.

Nos urge entender que el “compromiso” requiere mucho más que bonos, más que anotaciones de buena conducta o exigencias de agradecimiento. Debemos generar la épica y la pertenencia del proyecto común. Pero claro, lo dicho no es fácil, exige predicar con el ejemplo. Nuestro país requiere cambios trascendentes, no sólo acomodos superficiales. Ojalá estemos a la altura, nuestros antepasados nos miran, las futuras generaciones lo merecen. Roguemos porque esta vez no prime la letra chica y no se impongan mañosamente las pequeñeces que con el tiempo nos traerán más perjuicio y vergüenza. Ese es el cambio cultural que nos debemos.

Álvaro Pacull L. es profesor universitario, actor, licenciado en estética, magíster en comunicaciones y diplomado de doctorado en estudios avanzados de literatura española c/m en teoría, historia y práctica del teatro.

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