Lucho Córdoba y su don para hacernos reír de nosotros mismos

Por Rosalba Negrete (desde Santiago de Chile). Tenemos que recordar a Lucho Córdoba, su verdadero nombre era Luis Garreaud Fernández, nació en Lima Perú, el 26 de Julio de 1902, hijo de diplomático francés y actriz chilena que llega a Chile con solo 20 días de vida, por lo que el se reconocía como chileno de tomo y lomo.

Por Rosalba Negrete (desde Santiago de Chile)

Tenemos que recordar a Lucho Córdoba. Su verdadero nombre era Luis Garreaud Fernández, nació en Lima Perú un 26 de Julio de 1902, hijo de diplomático francés y de una actriz chilena y que llega a Chile con solo veinte días de vida, por lo que él se reconocía como chileno de tomo y lomo. Fue contador, antes de dedicarse al teatro, pero pudo más su pasión por la escena, entrando en el teatro en 1922 a la compañía de Arsenio Perdiguero. Ya en 1937, escribía sus propias obras, convirtiéndose en una verdadera revelación en los años ‘40, en un creador maravilloso, prolifero, solidario y longevo que se mantuvo en los escenarios por casi sesenta años.

Actor de cine y teatro, dramaturgo, director y un exitoso empresario teatral, fundó con su esposa (Olvido Leguía) la compañía Leguía-Frontaura-Córdoba (1932), con la que presentó un sin número de fantásticas y exitosas obras y unos años más tarde fundó la Cía. Leguía-Córdoba (1934)con la cual produjo cine y lo transformó en pionero del cine chileno.

Su género favorito fueron las comedias, una sátira de nosotros mismos, una interpretación exagerada del hombre en sus matices y torpezas; donde la risa es la redentora que nos salva. Porque como se dice que dijo Aristóteles, “la máscara, que provoca risa, es algo feo y distorsionado, que no causa dolor”.

Córdoba era un creador nato. Tenía un don increíble para la improvisación, sus presentaciones muchas veces eran una sorpresa para los mismos actores, amparado en esta capacidad (improvisatoria) y que, por entonces, se podía permitir precisamente porque dicho componente escénico tenía un carácter dominante en las obras. Siempre acertado en su interpretación, se puede decir un hombre que nació con talento y la tinta del espectáculo y lo escénico circulando por las venas. Con la virtud, de no sólo poder representar “al otro”, sino en la puesta en escena, “ser el otro”.

Muchos actores fueron acogidos recibiendo su apoyo y crecieron junto a él y su generosidad innata. Franklin Mahan Quiñones comentó en una publicación que Lucho Córdoba apoyó desinteresadamente en los inicios al gran maestro Pedro de la Barra (al que le llegó a prestar hasta su abrigo) y a un grupo de estudiantes de la Universidad de Chile para que estrenaran la obra Ligazón de Valle Inclán seguida del entremés La Guarda Cuidadosa de Miguel de Cervantes un lejano día domingo de matiné, en su teatro, el mítico Teatro Imperio de la calle Estado de la capital chilena: nacía, ahí y a su alero, uno los grades hitos fundacionales del teatro chileno: El Teatro Experimental de la Universidad de Chile en el año 1941.

Lucho Córdova, su esposa Olvido Leguía y su hijito] [fotografía] / Ignacio Hochhäusler. [Chile] : Ignacio Hochhäusler, [ca. 1937] Negativo : monocromo, gelatina sobre acetato de celulosa ; 6 x 6 cm. En: http://www.bibliotecanacionaldigital.gob.cl/bnd/629/w3-article-164884.html

Cabe consignar que en los tiempos en que Lucho Córdoba y su esposa Olvido Leguía actuaban con su compañía, los teatros eran de salas más bien grandes, con una importante capacidad de espectadores y daban funciones toda la semana y los fines de semana hasta función doble en sesiones de matiné, vermouth y noche.

La duración de las obras, siempre principalmente de corte cómico, podía llegar hasta dos horas de extensión y es ésta, precisamente, una de las razones por la que existían los (desaparecidos) apuntadores, los encargados de guiar la memoria de los actores durante esas largas funciones; otra es la gran variedad de repertorio que debían matener en cartelera para cautivar una exigente audiencia siempre ansiosa de ser sorprendida y entretenida, de tal modo que eran compañías capaces de sostener, a lo largo de una temporada, varios estrenos y varias obras en cartelera simultáneamente.

Después de las funciones existía una costumbre de hacer “El fin de Fiestas”, en donde se cantaba y se divertían los actores, familiares y sus amigos del montaje. Una forma distinta de vivir el teatro, sin duda alguna, en la que también se convivía con la consabida precariedad y la sempiterna dificultad para lograr sustento. Ello queda simpáticamente reflejado en la anécdota que señala que cierto joven le comentó que pretendía ser actor, Córdoba le respondió contundentemente con una pregunta, ¿puede pasar una semana sin comer? Ante la respuesta entusiasta y afirmativa del joven aspirante, respondió, “entonces puedes dedicarte al teatro”.

Como sabemos, la comedia posee, fundamentalmente, un lenguaje y una interpretación gestual que conduce y dirección a la atención específicamente a la risa, en el caso de las obras de Lucho Córdoba, él decía que “todas llevan una moraleja”. Sus temas e inspiraciones estaban en las noticias de actualidad, hechos de la vida cotidiana, etc., con los que el público podía identificarse y reírse de sí rápidamente.

Por último, recordar que el gran Lucho Córdoba fue -reiteramos- un hombre proliferó, versátil y generoso que creo un estilo propio y que actuó en más de 1600 obras entre teatro y cine; que recibió el premio La Orden de Isabel Católica y trabajo hasta último momento. Hacia el final de sus días, ya con una voz enronquecida y gastada, pero con su creatividad intacta, conseguía darnos el regalo de poder hacernos reír de nosotros mismos. Algo que, a ratos, echamos de menos.

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