Chile, entre la peste, la (in)cultura y la estupidez

Por Álvaro Pacull (desde Santiago de Chile). Los agentes culturales y sus iniciativas artísticas, como es lógico, debe ser uno de los sectores de entre los más golpeados duramente por la pandemia de Covid 19; eso es un hecho innegable y que ha ocupado abundante tinta en los periódicos y tiempo y espacio en las redes sociales del mundo entero

Por Álvaro Pacull* (desde Santiago de Chile)

Los agentes culturales y sus iniciativas artísticas, como es lógico, deben estar entre los sectores más duramente golpeados por la pandemia de Covid 19; esto es un hecho innegable y ha ocupado como sabemos abundante tinta en los periódicos, así como tiempo y espacio en las redes sociales del mundo entero.

Hace poco el diario El País (España), nos hacía ver que las artes escénicas europeas perdieron el año 2020 un 90% de ingresos y la música un 75%; a su vez, las sociedades de autores de la Unión Europea emitieron un negro informe en el que se afirma que el alcance de la crisis se sentirá por un decenio. Un desolador panorama que ha redundado en que casi un tercio de los ingresos de la cultura europea se los ha llevado la pandemia provocada por el coronavirus, resistiendo sólo los videojuegos, que incluso han aumentado un 9% sus números en el devastador 2020, algo presumible dadas las condiciones de consumo de dicha industria.

Como es lógico, todo este complejo panorama ha traído protestas de los trabajadores de la cultura contra el cierre de actividades culturales o restricción a las mismas. El sector más afectado ha sido el de las artes escénicas (teatro, danza, ópera) y, en términos globales, las pérdidas de las industrias culturales en 2020 son del 31%, cifras similares a la del transporte aéreo. La pérdida acumulada en los países de la UE es de 199.000 millones de euros.

Pero si ese es el panorama en Europa, en donde el aporte fiscal directo al sector cultural y sus manifestaciones es potente, la situación en países como Chile son irrefutablemente peores. El daño de la pandemia al sector cultural y, específicamente, al del teatro ha sido devastador y tal vez irreparable.

El golpe de la pandemia a los trabajadores del teatro, las salas y centros culturales que difunden sus obras ha sido de una enorme magnitud. La misma Red de Salas de Teatro (entidad que agrupa 23 salas de teatro), advirtió a las autoridades de ello ya en marzo del año 2020, por lo que no se puede esgrimir que la situación no se dejaba ver. Las cifras expuestas, sólo al primer mes de suspendidas las actividades, eran crudas y demostraban una pérdida contundente de fuentes laborales y ponían en jaque la sostenibilidad de dichos espacios.

Pasados ya 11 meses desde el inicio de las restricciones, los apoyos ofrecidos al sector por parte del Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio, no dieron los resultados esperados y, simplemente, no llegaron a los grupos más afectados y precarizados.

Muchas agrupaciones y creadores han intentado acudir a organismos municipales en busca de colaboraciones, pero han chocado con dificultades administrativas propias de unas organizaciones poco diligentes y que no responden eficientemente en situaciones de crisis; al margen de que muchos de los presupuestos no consideran situaciones excepcionales, ello en un panorama dónde la empatía y flexibilidad debieran ser valores impostergables.

La pandemia como epifanía de nuestra entera precariedad

Hace no mucho, un colega y comprometida persona de teatro, me decía:

“La pandemia en Chile desnuda aún más nuestra precariedad y absoluto abandono de las políticas culturales del país. Y eso no sucede sólo con el actual gobierno que todos padecemos, es algo que se viene arrastrando desde hace muchos años”.

Ello es tristemente cierto y se debe a múltiples factores. Tal vez el más abrumador es que la cultura no es parte de las preocupaciones reales de las élites gobernantes, ella es aún vista como algo accesorio, un privilegio de pocos y un elemento ajeno al propósito de desarrollo nacional. Ahí están las desafortunadas palabras de la Ministra del sector cuando dijo que, “un peso que se coloque en cultura es porque se deja de colocar en otro programa”.

No obstante, es cierto que algo hemos avanzado. Tenemos actualmente un ministerio, variadas organizaciones e instituciones que han fortalecido la idea de dotar al país de una institucionalidad cultural, etc., pero nada ello es suficiente: cuando la cultura no está en el centro del interés social y no podemos interpelarla eficientemente respecto de su propósito transformador y épico.

Por parte del Estado, debemos también reconocer esfuerzos llevados a cabo en el pasado reciente en materia de infraestructura, como la construcción de varios teatros a lo largo del país, aunque dotados de insuficiente presupuesto que permitan su desarrollo y posicionamiento. Tristemente dichos lugares terminan siendo espacios sin alma, al carecer de artistas y creadores contratados; incluso sin posibilidades de adquirir -de manera directa- las creaciones y propuestas que les llegan. Nuestro deseo de creer nos hace celebrar cada inauguración de estas nuevas salas, las que luego vemos caer en la inacción, la inutilidad y la pérdida de objetivo de un pesado elefante blanco.

En este escenario hay que decir que, por una parte, los apoyos estatales a la creación y difusión independiente operan a través de una concursabilidad (cada día más cuestionada) que no responde a los criterios de una política pública tendiente al desarrollo y empoderamiento sectorial; y, por otra, hay que reconocer que los apoyos de privados no cuentan con incentivos adecuados para su facilitación y muchas veces, cuando estos se dan, operan favoreciendo nichos e intereses de manera excluyente.

Penosamente el modelo operativo de la cultura en Chile ha llegado a normalizarse y cada cual bracea como puede para no ahogarse y llegar a una incierta playa. Hoy más que nunca debemos reflexionar al respecto y generar propuestas de cambio. Esto implica transparentar una cruda y vergonzante realidad que se arrastra como dijimos desde hace décadas.

La gran batalla cultural de Chile

Como nación vivimos tiempos de cuestionamientos y la evidencia nos enrostra que el modelo de mercado tan voceado y aplaudido por muchos no es aplicable y viable para todas las realidades. Ya sabemos, por ejemplo, que la educación y la salud requieren de sostenes ejemplares que les permitan el cumplimiento de sus propósitos; pues bien, la cultura es otra área que demanda apoyos sociales contundentes si es que queremos alcanzar algún día el desarrollo pleno e integral que ansiamos.

Tenemos que asumir que la gran batalla de Chile es cultural. Los cambios que la mayoría declaramos desear pasan -aunque a algunos les pese- por comprender que lo que nos distingue como sociedad es el tipo de espiritualidad, materialidad, intelectualidad y emocionalidad que proyectamos; y en ello, precisamente, está el arte, los consumos culturales, los estilos y modos de vida común, los sistemas de valores, las tradiciones y creencias colectivas que poseemos y generamos como la sociedad que somos. Mientras esto no sea asumido, continuaremos pateando la pelota al costado y privilegiando sólo intereses particulares o extraviando la mirada de país.

Hace no mucho, el presidente de la Cámara de la Producción y del Comercio, Juan Sutil, afirmaba “que los chilenos debíamos renunciar a nuestra identidad hispana para mutar en anglosajones y preferir la cultura de la ingeniería y las matemáticas por sobre la literatura, la filosofía, las humanidades en general”. Ello porque, a su juicio y de cara a los intereses que representa, los países de orientación humanista no crecían ni se desarrollaban.

Como lo leen, a este tipo de miopes, sesgadas e ignorantes orientaciones hemos estado sometidos; estos insólitos paradigmas, mucho más allá del Covd-19, son la verdadera y más dañina peste que padecemos desde hace décadas y que ya es momento de sanar.

Por último, sólo recordar las sabias palabras del gran Albert Camus en su memorable obra “La Peste”, en la que nos dice que las peores epidemias no son biológicas, sino morales y en circunstancias de pandemia, como esta que nos devora, aflora lo peor de una sociedad: la insolidaridad, el egoísmo, la inmadurez, la irracionalidad, y como no la estupidez…

FIN

* Álvaro Pacull L., es profesor universitario, actor, licenciado en estética, magíster en comunicaciones y diplomado de doctorado en estudios avanzados de literatura española c/m en teoría, historia y práctica del teatro.

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