La huella feliz que deja Oscar “Cuervo” Castro

Por Eduardo Carrasco (desde Santiago de Chile). Recuerdo perfectamente el día en que Oscar Castro llegó a Paris en enero de 1977. Nosotros estábamos viviendo uno de los momentos estelares de nuestra carrera artística en Francia, las actuaciones en el Teatro de la Ville, y lo invitamos a conversar con nosotros. Justamente en un café en la esquina del teatro se produjo el reencuentro. Venía saliendo de Chacabuco, después de haber pasado por varios campos de concentración de la dictadura.

Por Eduardo Carrasco* (desde Santiago de Chile)

Recuerdo perfectamente el día en que Oscar Castro llegó a Paris en enero de 1977. Nosotros estábamos viviendo uno de los momentos estelares de nuestra carrera artística en Francia, las actuaciones en el Teatro de la Ville, y lo invitamos a conversar con nosotros. Justamente en un café en la esquina del teatro se produjo el reencuentro. Venía saliendo de Chacabuco, después de haber pasado por varios campos de concentración de la dictadura.

La represión lo había tocado directamente: su madre, Julieta Ramírez, y su cuñado, John McLeod, actor del Aleph, desaparecieron en Villa Grimaldi. Observando a través del ventanal del café el triste invierno parisino, nos contó todo lo que había vivido y lo difícil que había sido para él llegar a Francia. Estaba impresionado por nuestro éxito y quiso saber todo lo que podíamos contarle del público francés. Nos pedía consejo; quería descubrir cómo había que hacer para abrirse camino en ese medio. No iba a dejarse derrotar ni por el idioma, ni por las dificultades que pudiera encontrar. Si no lo había derrotado la dictadura, menos podría hacerlo su nueva vida en Francia. A partir de ese momento nos vimos muchas veces.

Al principio su proyecto teatral nos pareció una locura, pero poco a poco fuimos entendiéndolo mejor. Con una celeridad impresionante y con los medios que podía tener a mano un recién exiliado, comenzó a armar su grupo de teatro con gente dispersa, hasta rápidamente comenzar a hacer presentaciones, primero entre chilenos y muy rápidamente abriéndose hacia el público francés. El grupo buscaba darle continuidad al teatro Aleph que tanta importancia había tenido en el Chile del pre golpe. Yo lo había conocido muy de cerca porque no me perdía ninguna de las obras que se presentaban en ese barracón de la calle Lastarria que albergaba entonces su teatro.

A veces nos juntábamos a conversar después de la función. Su teatro era una nueva manera de hacer teatro, algo así como un cabaret pero en el que se buscaba teatralizar la vida fuera del teatro, el mundo real, con todas sus complejidades y en un tono lúdico, irónico y crítico. Era como hacer teatro con lo que la vida le pusiera por delante, sin importar si los actores fueran profesionales o amigos, pero cuidando que todo fuera siempre divertido, original, cercano.

Lo mismo comenzó a hacer en Paris y pronto le dio resultados inesperados; recuerdo una función de la obra del General Mateluna y el exiliado Peñaloza en un lugar cerca de la place de Clichy que congregó a toda la colonia chilena y a varias personalidades de primera línea. García Márquez que estaba presente, quedó encantado y escribió elogiosamente sobre la función. Hubo críticas muy favorables en Le Monde. Un verdadero éxito que abrió paso a muchos hitos importantes de su carrera teatral en Francia, que se sucedieron hasta el final de su vida. Todos sus amigos asistimos a dos grandes momentos, cuando fue condecorado como caballero de las Artes y las Letras por el Ministerio de la cultura de Francia en 1992 y cuando recibió la Legión de Honor en una ceremonia que tuvo lugar en la Embajada de Francia en Chile en el 2018.

Pero quizás lo que muestra de mejor manera su personalidad es como le dio curso a su vocación teatral en medio del momento más doloroso y triste de su vida transformando su talento en un arma de lucha contra la represión, le estupidez y la violencia en el campo de concentración de Chacabuco.

Imagen: de la pagina Facebook de Eduardo Carrasco en donde Oscar Castro aparece entre él y Ismael Oddó.

Allí, en una vuelta de tuerca magistral, supo transformar ese lugar de dolor en un gran escenario donde él, disfrazado de “Alcalde de Chacabuco” recibía y despedía a todos los presos que llegaban o se iban del lugar. Todas las semanas presentaba una obra diferente, secundado por Ángel Parra, que quedó a cargo de la música, y por los prisioneros que quisieron agregarse a su farándula. Fue tanto el éxito que hasta los gendarmes esperaban con ansias el momento en que se abría el telón y comenzaba el acto de locura que redimía todos los sufrimientos del campo. Todos volvían a ser seres humanos mirando en la escena cómo se sucedían las escenas que reflejaban con genialidad los problemas cotidianos y los personajes del penal que todos reconocían riendo.

Como muchos de los exiliados chilenos en Paris, que compartieron en algún momento su vida con los sueños de Óscar, el Quilapayún también se unió a su historia. En el 2004 se nos ocurrió armar un espectáculo conjunto dedicado a Neruda y rápidamente lo montamos y presentamos con mucho éxito en el teatro de Aulnay sur Bois donde Óscar se había arranchado con su teatro. Hicimos varias temporadas y fue una extraordinaria experiencia.

Era un hombre extraordinariamente generoso. Cuando vino el examen final de mi hijo, que terminaba sus estudios de cine en la Femis, se le ocurrió hacer un corto metraje para el que necesitaba un actor con experiencia y como no conocía a nadie que pudiera participar me pidió que contactara a Óscar. Lo llamé por teléfono, le expliqué la situación e inmediatamente me aseguró que podíamos contar con él. El día de la filmación llegó responsablemente y pidió que le dijeran lo que debía hacer.

Mi hijo un poco incomodado le explicó que tenía que ponerse un pulpo en la cabeza y hablar incoherencias con una señora con pantuflas que iba a ser su partenaire en la escena. Öscar tomó disciplinadamente su pulpo, se lo puso en la cabeza e hizo la escena con un profesionalismo a toda prueba.

Imagen: página Fece book de Eduardo Carrasco, con el pulpo en la cabeza

Veo ahora a Óscar sonriente, con sus ojos inquietos y atentos, como desorbitados, buscando con la mirada qué podía teatralizar en lo que estuviera sucediendo. Porque para él, todo era teatro. La vida era teatro no todavía pasado por la escena. Y su trabajo siempre consistió nada más que en eso, en un esfuerzo por hacer entrar la vida en el espacio mágico de la escena. Fue siempre eso, y nada más que eso, un hombre de teatro, para el que vida y arte se confunden. Trató de salvarnos de la contingencia y de la banalidad de lo cotidiano, llevándolo al teatro y haciendo de los personajes comunes y corrientes sus inolvidables héroes. Demostró con su vida que con cualquier cosa o con cualquier persona se podía hacer teatro, que cualquiera podía atravesar el espejo y por eso será recordado como un artista de su pueblo.

Estuvo siempre con las buenas causas, nunca perdió la brújula y los que tuvimos la alegría de compartir en alguna medida sus sueños, lo recordaremos siempre con una intensa alegría en el corazón. Dejó una huella feliz y por eso, así como no lo derrotó la dictadura y supo transformar a sus enemigos en Matelunas ridículos y clounescos, tampoco lo derrotará la muerte y la imagen de Mateluna perdurará en el alma de su pueblo agradecido.

*Eduardo Carrasco, filósofo, profesor universitario, músico, líder y uno de los fundadores del mítico Quilapayún.

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